por Flavio Gerez*
Pocos se atreven a juntar a Dvořák y a Prokofiev en una misma noche. No se llevan, a priori, bien en el papel. Uno escribe desde la nostalgia, el otro desde algo parecido a la ira. El maestro Jorge Mario Uribe y la Orquesta Sinfónica de Salta apostaron por esa tensión el pasado jueves 7 de mayo en el Teatro Provincial, y la apuesta no salió mal.
El programa era de una exigencia descomunal: el Concierto para violonchelo y orquesta en si menor Op. 104 de Antonín Dvořák (1841-1904) y la Sinfonía n.° 3 en do menor Op. 44 de Sergei Prokofiev (1891-1953). Dos obras que no perdonan la imprecisión, y la noche las honró.
Cuando el solista en violoncello Esdras Campos tomó el arco para el primer compás del Dvořák, el Teatro Provincial todavía parecía estar acomodándose. Para cuando terminó de enunciar su tema inicial, esa voz propia con la que el compositor distingue al solista desde el principio, sin compartirla con el tutti, ya nadie se movía. Campos comprende que el Op. 104 no es un vehículo de virtuosismo sino una confesión. Una confesión muy íntima. Comprende la nostalgia de un hombre lejos de su tierra escribiendo para alguien que está muriendo. Eso se escucha en cómo ataca, en cómo cede, en cómo decide cuándo vibrar y cuándo no, en cómo elabora su deslumbrante fraseo.
En el segundo movimiento, Adagio ma non troppo, cuando el violonchelo cita «Lasst mich allein» con esa sonoridad que solo funciona si el intérprete renuncia al gesto amplio, el teatro guardó el silencio reverencial de quienes escuchan sin querer interrumpir. El vibrato fue escaso, colocado únicamente en los picos de la frase. Campos sabe que el llanto verdadero no tiembla todo el tiempo.
El Allegro moderato sostuvo el carácter propio de un tercer movimiento de concierto sin dejarlo caer en la danza banal, y la cadenza antes de la apoteosis final en Si mayor fue exactamente lo que debe ser, un suspiro de despedida, no un escaparate de exhibición, con esa nota sobreaguda en el límite del registro que, cuando sale así, produce algo muy difícil de explicar en palabras y sólo puede convocar lágrimas de emoción.
El maestro Uribe cuidó los equilibrios con extraordinaria inteligencia. En los pasajes agudos del cello, donde cualquier exceso de los metales hubiera sepultado al solista, la orquesta cedió el espacio que correspondía. Esto, desde luego, no ocurrió por accidente.
El Preludio de la Suite n.° 1 BWV 1007 de Johann Sebastian Bach (1685-1750), ofrecido como propina, confirmó lo que la velada ya insinuaba. En manos de Campos, ese torrente de arpegios que Bach construyó como una sola voz capaz de sugerirlo todo se volvió hipnótico en lo sonoro y revelador en lo estructural, como si la música mostrara su esqueleto y su piel al mismo tiempo. Y esa música, que tiene más de tres siglos, sonó como si acabara de ser compuesta ahí mismo, para ese silencio.
La segunda parte planteó un reto de naturaleza distinta. La Tercera Sinfonía de Prokofiev nació de una ópera que su autor nunca vio estrenada, y esa frustración la lleva adentro y se nota. Es música que quiere ser otra cosa y al mismo tiempo no podría ser nada más que lo que es. El maestro Uribe mostró aquí su feliz y genuina afinidad con este compositor. Los cambios de tempo del primer movimiento fueron conducidos con claridad, el Andante encontró esa atmósfera etérea y casi irreal que la partitura exige sin explicar cómo obtenerla. Las cuerdas tuvieron momentos de cohesión notable en el Scherzo, ese movimiento de los espíritus errantes que puede desmoronarse en segundos si la batuta titubea un solo instante, y los metales respondieron con resistencia en los clímax más violentos, aunque la afinación en algunos acordes disonantes del cuarto movimiento deja margen para la mejora.
Quien conoce la partitura notó que la sinfonía fue ejecutada con sólo un arpa. Prokofiev escribió para dos, con funciones no intercambiables. No es un lujo de partitura sino una necesidad estructural, y su ausencia se hizo sentir en algunos pasajes a pesar de la formidable solista de arpa que tiene la orquesta. Pero bien sabemos que el origen de esa limitación no está en el escenario sino en los despachos. Lo que sí estuvo en el escenario fue una orquesta que, en circunstancias que no son secreto para nadie, con instrumentos cuyo mantenimiento el Estado Provincial no siempre está en condiciones de garantizar como correspondería, dio una función de un enorme, gigantesco me atrevería a decir, valor real. Que haya sido posible dice mucho sobre quienes subieron al escenario la noche del jueves. El público que eligió estar ahí, y que lo entendió, hizo bien en aplaudir con más fervor, si cabe, que en otras ocasiones.
*Doctor en Física y músico, miembro de la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina



