La noticia fue corriendo por las redes que unen a militantes sociales del continente: «Claudia Rodríguez ha muerto». Fue el sábado. El domingo me llegó el wasap de Lili. Un audio, un poema y un link, el de una presentación de Cuerpos para odiar que la escritora chilena había hecho en octubre del 2024 en la librería Traficantes de Sueños, en España.
El poema…
Sola hablo, hago ruidos, meto bulla.
Sola, hablo conmigo misma, en voz alta para escucharme, para verme reflejada, me hago bromas, me canto.
Sola, me cuento cuentos, me invento discusiones, me obligó a responderme.
Sola, me hablo a mí misma y me repito las cosas, como para no morir tan sola. (en Para no morir tan sola)
¿Qué Claudia?
La esta, la artivista, performer y escritora travesti. La poeta. En 1991, finalizada la dictadura militar en Chile, Claudia participa en el Movimiento de Integración y Liberación Homosexual (Movilh), primera organización chilena de ese tipo. Se formó en derechos humanos, historia de la sexualidad y prevención del sida y otras ets.
En el 2007 se diplomó en Estudios de Género en la facultad de Filosofía y Humanidades en la Universidad de Chile y posteriormente inicia la carrera de Trabajo Social. Desde 1997 hasta 2010 fue consejera especialista en prevención del sida en el proyecto Fonosida, del Ministerio de Salud. En 2008 ingresa a la Colectiva Lésbica Travesty Feminista Paila Marina, participando activamente en la realización de foros públicos y performances en marchas nacionales.
En el plano literario, participó en talleres de escritura impartidos por los escritores Diego Ramírez y Juan Pablo Sutherland. Auto publicó fanzines con los que financiaba su formación y activismo social y político.
En 2011 creó la primera compañía teatral travesti con la obra “Historias travestis”, y participa en obras colectivas como el libro “Cien historias en cien palabras: las transexuales hablan”, publicado por la ONG Redes de Orientación en Salud Social. Claudia exploró la importancia de la lecto-escritura y la creación artística como herramientas políticas en el movimiento travesti.
En lo que sigue, el lector interesado podrá formarse una idea más cabal de quién fue esta militante.
Cuerpos para odiar
Volvemos al principio de la nota, el link que nos lleva a YouTube… https://www.youtube.com/watch?v=SA3RPVAnPV8&t=1s
Y tomamos partes de esa charla cargada de guiños y de buen humor con el periodista Enrique Aparicio de hace un año, cuando se hizo la presentación del libro Cuerpos para odiar (Barrett, 2024). Estos retazos, junto con algunos de sus escritos, servirán para conocer a Claudia un poco más y, también quizás, para que su palabra impresa llegue a cualquier persona de cualquier condición social, religiosa, sexual, que crea sinceramente que la especie humana merece dignidad.
Al reflexionar sobre sus devenires, Claudia enfatiza en España: “Muchas compañeras, sobre todo chilenas… lo importante es que sepan ellas mismas que existen…”.
“… en Chile, el activismo que empieza a surgir, da la posibilidad de que se organicen los hombres homosexuales. Y ahí nos colemos nosotras, las travestis, que habíamos sido, de alguna manera, un poquito apoyadas por la familia”, dice.
Y escribe en Para no morir tan sola: “De noche, durante los noventa y la década del dos mil, todas mis amigas travestis fueron jóvenes y hermosas, no había nadie como ellas para reinventarse noche a noche, eso siempre será innegable. Eran tan talentosas. Además de usar con maestría el maquillaje la Esta cantaba, llegó a ser muy reconocida en los shows de las discos gay, por imitar con un gran espíritu, artistas como Madona, Liza Minelli, Boy George y montón de personajes internacionales y la Otra se especializó en danzas orientales, aprendió con exactitud y gracia todos los movimientos de la danza del vientre, la danza egipcia y danzas tradicionales antiguas del Oriente. Se hizo parte de varias compañías, primero como aprendiz y luego como maestra. Y así todas, poseían alguna capacidad para desarrollar sus propias formas de sobrevivir, paralelas a la prostitución. En mi caso, por mi necesidad de mantenerme viva en el ambiente, siempre fue necesario observar con detención las conversaciones de después de la noche y antes de la noche siguiente, arrinconadas, de cinco, de diez, de treinta travestis en una pequeña pieza, de un escondido cité, antes de la transformación, los cuentos que ocurrían pasado el mediodía, a la luz del maldito sol. En esos fragmentos del día, cuando despertábamos destruidas, para mí, no había experiencia más salvadora que comer y escucharlas. Una dijo, quiero una cazuela de vaca con papas y zapallo como las de mi abuela. Solo en esas conversaciones se podía descubrir quienes en realidad éramos, solo ahí, chasconas, sin maquillaje, sucias, se llegaban a comprender las grandes razones, las verdaderas preguntas, las simples respuestas y, sobre todo, desde qué lugar de la vida se habla”.
«En esos fragmentos del día, cuando despertábamos destruidas, para mí, no había experiencia más salvadora que comer y escucharlas. Una dijo, quiero una cazuela de vaca con papas y zapallo como las de mi abuela. Solo en esas conversaciones se podía descubrir quienes en realidad éramos…».
“¿Cómo hacia la cazuela tu abuela? ¿Quién fue tu abuela?, ¿y tu mamá? Siempre hubo un antes sin contar, qué te hizo creyente y temerosa de dios, un pasado que te hizo temeraria y sin vergüenza, siempre hubo un camino que te llevó a defender tu vida y matar si es que fuera necesario. A la Miriam Hernández la encarcelaron por quitarle la luma a un paco y enfrentarse a él de igual a igual, de madrugada, cuando se prostituía, le saque la chucha al de verde, furiosa, porque me quería robar la plata de todo mi trabajo. Escuchándolas, me hice un poco parecidas a todas, para encontrar mis razones, mis luchas y por, sobre todo, elaborar estrategias para no morir tan sola”.
“Nos colamos las que habíamos sido, de alguna manera, un poquito apoyadas por la familia”, decía más arriba, aquí mismo. Se refería a su madre. “Yo adoro a mi mamá, porque mi mamá hizo un esfuerzo para que mi papá no insistiera en que me fuera de la casa por ser tan mariquita. La que puso el cuerpo fue mi madre, una mujer analfabeta que más bien se contactaba con el mundo a través de la sensibilidad, a través de agudizar el ojo”, le cuenta a Aparicio, y a todos nosotros.
“Mi mamá para dirigirse a algún lugar se fijaba en los letreros que tenían colores. El color amarillo le servía para ir al matadero, el color rojo le servía para ir a donde vivía su hermana… Ella me explicó que a través de los colores se manejaba en el mundo, porque no sabía leer”, dice.
Escribe: “Cuando mi mamá nació, Marilyn Monroe tenía doce años viviendo en un país completamente en desarrollo, mientras que ella, la niña Doralisa, crecía en un campo prestado, hija de inquilinos, al interior de una de las regiones del sur, fría y lluviosa. Aunque no tuvieron nada en común, me gusta pensarlas al mismo tiempo, dos mujeres, como millones de mujeres similares, que nunca se llegaron a conocer, vivieron y murieron en el mismo mundo. En el fondo, porque tengo una sospecha resentida, creo que ni la Marilyn, ni mi madre fueron felices. Mi madre, así como las olas que no saben que van a morir siempre al mismo lugar. La Doralisa trabajó desde muy niña para colaborar con el sustento de la familia, aprendió a lavar, limpiar, barrer y ordenar, perfeccionándose a través de años de servir, sin siquiera imaginar que alguna vez pariría a una hija travesti, que la observaría, y reparara que la vida es una ola, inconsciente, sin memoria. Soy la hija travesti, de una mujer que quizá nunca fue feliz. Mi madre murió después de toda una vida de trabajo doméstico, apegada a la vida de su proveedor y a sus hijos. Nunca la vi libre. De los días de acompañamiento que hicimos con mi hermana en su despedida, me llamo la atención que se fue sin pedir perdón y sin perdonar a nadie. En las últimas conversaciones que tuvimos, para ella la vida fue lo que fue y las deudas se tendrían que pagar en el momento justo. Mi madre analfabeta tenía una fe ciega en la justicia, en una justicia superior. A mi madre, descendiente de mujeres que mueren como las olas, la constituía la visión de algo superior, no este país, ni esta ciudad. Lo superior se refiere a mujeres que creen en todo lo que oculta el cosmos”.
«A mi madre, descendiente de mujeres que mueren como las olas, la constituía la visión de algo superior, no este país, ni esta ciudad».
La ausencia de voz, otro desarraigo
Una trava es analfabeta, como millones en el mundo, pero quizá más analfabeta aún. La privación del acceso a la lectoescritura es una forma de desarraigo, otra más. “Me fui dando cuenta de que no teníamos voz, no teníamos nociones, criterios para poder decir ‘esto que estoy diciendo es importante’. El no saber leer ni escribir te pone en un lugar desarraigado de donde tú vives”, dice. Dice más, claro, y harías bien en ver el video en YouTube, pero como estamos aquí y no allá, y más tarde podés hacerlo –verlo-, prosigo.
Enrique, el entrevistador, complementó esta idea al citar a Rodríguez sobre su madre: “Mi mamá me tuvo y me crió como un pertrecho, con las sobras de lo que quedó de su especie, de su raza, de su espíritu. Contradictoriamente, me enseñó que las mujeres no son débiles ni silenciosas, que el poder no es un atributo de los hombres y que yo podía ser fuerte sin que me definiera únicamente la masculinidad”.
Exilio, dignidad y construcción
La conversación se centra entonces en el peso de otras mujeres en su vida. Claudia rememora su paso por el Fonosida, donde trabajó con profesionales que habían vivido el exilio durante la dictadura. Ella, en contraste con antropólogas, sociólogas y psicólogas, “era la única que venía de la calle” en ese equipo.
Rodríguez describe: “Bueno, el cuento es que yo era una mariquita loca, una mariquita desenchufada, una mariquita desclasada. Lo único que yo tenía era que era muy mariquita, y me reía mucho. Yo cualquier cosa disfrutaba como la Marilyn Monroe, ‘¡Ay, la vida! ¡Ay, qué preciosa la vida!’. Y resulta que entonces mis amigas, no veían eso como algo negativo. Los gays, sí. ‘¡Ay, no te reís tanto! Te reís como loca. ¡Qué hueca que eres!’. Y resulta que mis amigas que habían vivido en el exilio disfrutaban y lo encontraban como maravilloso que hubiera una existencia tan sensual. Y entonces ellas fueron reconociendo mi dignidad”.
“Yo quiero llegar a la idea de que el exilio era, de alguna manera, esta posibilidad de disfrutar la vida. Y ellas veían eso en mí. Yo me había criado en Chile, con toda la dictadura, con todo eso encima, con el miedo permanente de que nos fueran a matar por cualquier razón. También había un desarraigo. Estas mujeres jóvenes me fueron entregando eso… paralelos, nociones de cómo construirme. Esas nociones, esa forma de mirar, esos criterios, yo no los tuve ni en la educación primaria ni en la educación secundaria”, dice.
Dislexia, dislalia y deuda educativa
La escritora destaca que para las travestis y las familias pobres soñar con la universidad es un privilegio negado. Ella misma ingresó a estudiar Trabajo Social, de noche, a los 32 años. Habla sobre la profunda deuda educativa con las comunidades travestis. “Me daba cuenta de que no era un tema la lectoescritura… nosotras no tenemos el hábito de leer y escribir, y nos criamos con dislexia y dislalia. Imagínense ustedes, dislexia y dislalia. Confundimos las letras, no entendemos las palabras. Todo eso se da en la comunidad travesti porque nunca nadie se preocupó, ya, de que las travestis pudiéramos aprender a leer y escribir”.
… no me alcanzan las letras unidas para decir que la ciudad se mueve, que nunca nada fue
igual en las mismas calles. Se presume que mi trastorno es negarme a ser niño y querer ser
hija de mi madre. La psiquiatra dice que si no hubiera sido hija, sería un niño alegre y fuerte
y las palabras hubieron sido otras, y la forma de mirar, resistente. (mnifiesto Horrorista, 2015)
Continuando con la conversación entre la activista chilena y el periodista español, la reflexión se profundiza en el poder de la palabra escrita y en la compleja construcción del cuerpo travesti en un sistema binario y hostil.
Para ilustrar la importancia de este poder, Aparicio le pide a Rodríguez que lea un pasaje de su libro, un encuentro con la Delirio, que refleja el extrañamiento de las travestis respecto a la literatura.
“Sí, sí, esta es la descripción del mundo en que vivimos”, dice Claudia, y lee: “No hay nada más desagradable que la vida, apesta como el polen, a la Esta le pega su pareja y a mí me maltrata la amistad. La amistad es una voluntaria confrontación, la Delirio me grita en la calle: ‘Ella, la poeta… Qué pretenciosa soi, Claudia, cuando decís que escribís poesía. Nada de lo que vos leí rima. Huevona, escribir es otra cosa, no lo que vos decís que ací. La escritura primero que nada es de cosas bellas, no porquerías. La escritura no pueden ser las mismas cosas, las mismas conversaciones de todos los días, ni mis problemas con el este. Si él me pega, eso no puede ser literatura. Siempre he vivido con personas que me han pegao, mi mamá, mi hermano, mis primos, en el colegio, en la calle, los hombres, otras travestis, la policía, por mala me dicen, por maltrecha, por no quedarme callá, por contestar rabiosa, cachetá y puñetazo, en la cara, en las costillas y en los testículos. Si me arrodillaron a guaracazos, a nadie nunca le importó. Huevona, las cortadas que tengo no debieran ser ni una palabra que recordar, sino todo lo contrario, pura vergüenza y fracaso. La poesía, como vos decís, no es ni amarga ni venenosa como nosotras’”.
Claudia asumió el activismo poético como una vía para transformar. “El libro, entonces, es un rincón. No tomamos conciencia de que hay rincones. Yo estoy hablando de un rincón del mundo en donde, claro, no hay salida. Donde en el mismo relato de las compañeras van diciendo que no hay esperanza. Hay una esperanza aprendida. ‘Voy a tener que ser golpeada por la policía’. Voy a tener, o sea, de algo tengo que morir, no importa que sea de sida”, señala.
El corral binario
El modelo de existencia para las disidencias es un acorralamiento binario: la hombría que se les muestra o la alternativa de parecerse a las mujeres. Ante la exclusión del sistema educativo, la información que maneja la comunidad viene de los medios de comunicación. “Y en Chile los medios de comunicación son de la derecha. La derecha les dice a los directores de los programas, a los periodistas, qué es lo que tienen que hablar y qué no tienen que hablar. Y siempre de lo que tienen que hablar, por ejemplo, lo que está a la base es que la importancia de la mujer es que tiene la función de procrear, tiene la función de reproducir la especie. La derecha dice eso… Ellos pueden hacer un montón de cosas, conquistar el mundo, armar guerra, escribir la historia… A y B, esos son nuestros modelos”, dice.
“Lo que yo creo es que debiéramos tomar conciencia de ese acorralamiento, de ese corral en donde viven las ovejas… Dado que no ingresamos consistentemente en el sistema educacional, la información que vamos manejando es la de los medios de comunicación”, recalca.
No obstante, celebra: “Ahora me ha gustado mucho que mis compañeras están comprando estos libros. Es decir, están aprendiendo a leer y están consumiendo estos textos que tienen que ver con ellas”.
La construcción corporal, una estrategia de supervivencia
“Ya se empezó a decir, a contar unas con otras, de que si pasabai más piolas, si te veías más mujer, si tenías la cara lisita, los pacos no te iban a golpear, no te iban a detener, incluso ya podían pedirte un contacto sexual. Y eso significaba sobrevivir”, cuenta
Sin embargo, lamenta el alto costo de este modelo. “En mi país, yo podría decir que la hormonización no fue un éxito… A muchas compañeras les fue mal ponerse siliconas y murieron por esa causa. Esa construcción de ese modelo es un fracaso, un doloroso fracaso”, insiste.
Y describe el horror de inyectarse silicona líquida, que compraban y traficaban en botellas de Coca-Cola. “Lo terrible era que la jeringa y la aguja que se usa son las mismas que se usan para inyectar a los caballos. Es una aguja gruesa que la cavidad que tiene da la posibilidad de que ese aceite espeso fluya e ingrese a tu cuerpo. Y se infle.”
La diversidad como valor y el activismo no binario
La escritora chilena finaliza abriendo la reflexión a la necesidad de problematizar el modelo de construcción corporal. Menciona la crítica de la feminista radical Margarita Pisano de que las travestis repetían el modelo de mujer patriarcal. “¿Cómo no lo íbamos a hacer si no teníamos otro tipo de información?”, cuestiona.
“Me parece interesante lo que plantea, en Chile, la organización no binaria, porque en algún momento yo era súper andrógino, andrógina, no se sabía… una travesti me dijo: ‘No, tú tienes que ser hombre o mujer’. Es el discurso… No había opción, no había la posibilidad de vivir andrógina, andrógino, sin que tú pudieras fluir por la sociedad”, plantea.
Para la autora, la respuesta a esa encrucijada se vislumbra en el activismo no binario, que está enseñando a cuestionar el hombre/mujer como única alternativa.
Y concluye que la problematización de lo corporal es un camino positivo. “En definitiva, ¿la pregunta era…? (risas) El modelo…. Yo la dirigí para el modelo, problematizar el modelo para la comunidad porque también es saludable para nosotras mismas, porque nos ponemos unas exigencias incumplibles”, responde.
«… una travesti me dijo: ‘No, tú tienes que ser hombre o mujer’. Es el discurso… No había opción, no había la posibilidad de vivir andrógina, andrógino, sin que tú pudieras fluir por la sociedad”.
“El activismo no binario me parece pero fantástico. Porque si yo hubiera tenido ese discurso, a lo mejor hubiera pensado dos, tres veces en la cantidad de hormonas que tomé, la cantidad de silicona que me puse… Usted no le tiene que importar que yo me vea más hombre o más mujer. Usted tiene que saber que estos son mis datos y lo que yo le estoy pidiendo a usted como institución es que me brinde los servicios que yo necesito”, reflexiona y demanda.
Literatura, resentimientos
En esa presentación de Cuerpos para odiar en España, la artivista trans chilena Claudia Rodríguez, fallecida hace unos días, profundiza en el origen de su escritura y en cómo la falta de espacios la obligó a publicar a través de los fanzines.
El periodista señala en esta parte de la charla cómo la obra de Rodríguez reflexiona sobre las “prisiones menos tangibles” que encierran a las personas trans, a menudo obligadas a transitar de una prisión de género a otra. Y Claudia revela que su escritura nace de un profundo rechazo ante la exclusión: “Surge desde el resentimiento, por qué no me dejan hablar los homosexuales en mi organización, entonces yo digo, con la información que he estado obteniendo, es posible abortar de ellos”.
El camino hacia la escritura se gestó tras un reconocimiento por parte de una compañera lesbofeminista: “‘Claudia, tú puedes estudiar a los 38 años’. ‘Claudia, tú puedes estudiar, hay un diplomado que da becas a activistas comunitarios’…”, rememora, y agrega: “Y entonces ahí, cuando comencé a hacer el diplomado, estuve un año leyendo la ola del feminismo. Oye, pero el impacto que fue estudiar todo un año sobre el enfoque de género en feminismo, para mí fue súper enriquecedor”.
Aún con el conflicto en su organización por no alcanzar sus cánones, la oportunidad se abrió en un taller de escritura dirigido por el poeta Diego Ramírez. “Un amigo gay bien loca me dijo ‘estoy yendo a un taller que se llama Moda y Pueblo’. Y entonces dije, uy, ¿podría ir yo? Y me dijo: ‘Sí, anda nomás, hay pura locas’.”
La metodología era leer autores conflictivos y, rápidamente, escribir fragmentos. Fue allí cuando sus pares le dieron nombre a su estilo: “Fueron apareciendo textos curiosos, textos que a mis compañeras de taller les parecían interesantes y me fueron diciendo: ‘Oye, es poesía travesti, porque siempre nos entregas los personajes, lo que pasa, siempre tiene que ver con la travesti. Entonces, lo que tú haces, Claudia, es poesía travesti’”.
Fotocopia, corchete y Dramas pobres
Ante la barrera económica y la imposibilidad de ser editadas, la auto-publicación era una alternativa. “Nos enseñaron a hacer fanzines… Diego decía: ‘No tengan ninguna esperanza de que alguna editorial los llame para ofrecer publicación. Entonces, como no hay alternativa, nosotros mismos nos tenemos que auto publicar, y démosle con todo a la fotocopia’”.
Su primer fanzine fue Dramas pobres, que vendía en la universidad para pagar las cuentas. A pesar de las críticas –“está mal escrito, tiene problemas de ortografía y de puntuación”-, un amigo le dio una perspectiva histórica: “Lo que pasa es que a lo mejor pueden ser no textos, bien escritos, pueden no ser lo que la gente espera, pero hay una cosa interesante, que es el primer registro en Chile de que una travesti escriba. Por lo tanto, podría esto tener la importancia en un museo”.
La activista siguió vendiendo su trabajo de forma directa, “sin intermediarios”, en ferias universitarias, feministas y anarquistas.
“Yo ponía mis fanzines… y le ponía un letrerito ‘poesía travesti’, entonces a la gente le llamaba la atención, porque… ¡cómo es morbosa la gente! ‘¡Y esta huevá qué es!’. Y entonces lo compraban por curiosidad”, ilustra la experiencia.
Una tapa original, con cuerpo para ser odiados
La publicación de la librilla que finalmente se convertiría en Cuerpos para odiar tuvo un título y una tapa profundamente políticos y crudos.
“La portada de la librilla original era porque yo hice como un rastreo de crímenes de odio en Latinoamérica… asesinaban a compañeras travestis y las dejaban botadas en la calle, ya con su ropa desgarrada, mostrando las tetas, la silicona… Muchas veces, por ejemplo, los periodistas sacaban fotos de su entrepierna. Entonces salían los calzones con las pantis, todo amarrado ahí. Muy indignas las fotos”.
Indignidad. Una vez más, aun muertas. “En el caso de las travestis, no, ni siquiera lo tapaban. Ni siquiera había un familiar llorando. Pasaban los periodistas y les sacaban fotos, ya, horrorosas a ese cuerpo para ser odiado. Ese es un cuerpo para ser odiado. Y entonces los publicaban en primeras planas de los diarios diciendo ‘hombre vestido de mujer fue asesinado’”.
«… asesinaban a compañeras travestis y las dejaban botadas en la calle, ya con su ropa desgarrada, mostrando las tetas, la silicona…».
Esa portada, que unía varias de esas fotos, daba cuenta de la advertencia y el discurso de la época para ellas. Sólo más tarde, con la intervención activista, esos asesinatos se reconocieron como “crímenes de odio”.
Tráfico, difusión y reconocimiento
Gracias a sus lazos con referentes argentinas como Lohana Berkins, Susy Shock y Marlene Wayar, los fanzines de Claudia se difundieron masivamente en la comunidad. El tráfico de sus textos fue fundamental: “Una se lo convidaba a la otra, a la otra. Le sacaban fotocopias… Y no se fijaban tanto en las faltas de ortografía y en los errores gramaticales, sino que en esto que también ocurría que entregaba información respecto de una comunidad que estaba totalmente invisibilizada y muda.”
El gesto que llevó a la publicación con la editorial Barrett en España, con prólogo de Mariana Enríquez, fue personal y estratégico. Rodríguez había conocido en Argentina a Camila Sosa Villada en un contra-encuentro en Córdoba por la presencia del rey de España, y la autora de Las malas comenzó a nombrarla en sus entrevistas, “y allí supo la Mariana que yo existía”, dice.
“La jugada que hice fue saber; un amigo me informó que (Mariana Enríquez) estaba en tal hotel y yo le fui a entregar mis fanzines y después ella en su Instagram lo mostró como recibido. Ah, dije ya, estamos, estamos”, cuenta la trans chilena en la entrevista.
El reconocimiento editorial es reciente, y la artivista reflexiona: “Han sido 30 años de hueveo con los fanzines…”.
Ciencia ficción travesti, horizontes
Para concluir el diálogo, Claudia Rodríguez ahonda en el proceso editorial que la llevó a publicar Ciencia ficción travesti, otro de sus libros, que marcó un esfuerzo consciente por “salir de estos discursos” centrados únicamente en la victimización y la lucha por el cuerpo.
Rodríguez relata que, casi al mismo tiempo que se concreta la publicación de Cuerpos para odiar, una segunda editora, Natalia Ortiz de la editorial argentina Hekht, se interesó en su trabajo. “Estuve ahí compartiendo con la Natalia y yo no me desaparecía de su lado. ‘Mira, este fanzine Natalia’. Ya enamorándola a la Natalia. Los vio, los leyó, no me decía nada. Y después cuando, como a las dos semanas, tres semanas de que se había ido de Chile, me escribió un correo. ‘Claudia, nos interesa publicarte’. Ay, encantada, encantada”, relata.
Cuando se reunieron en Argentina, Natalia le preguntó si tenía “otra cosa” diferente.
“Le dije ‘sí Natalia, tengo unos cuentos de ciencia ficción travesti’. Y entonces empezamos a conversar sobre eso”.
Este nuevo libro era importante en su escritura: “Iba a dar como un paso en mi escritura porque ya iba a dejar de hablar desde la victimización, que también es algo que me agota, y escribir sobre una posible ciencia ficción travesti es como ir dando paso hacia otra cosa. Porque últimamente me estaba preguntando, sobre todo después de la pandemia, sobre qué tenemos que escribir las travestis o sobre qué tenemos que hablar las travestis”.
La generosidad de Mariana Enríquez
La escritora argentina Mariana Enríquez prologó ambos libros, Cuerpos para odiar y Ciencia Ficción Travesti, un hecho que enfatizó con gratitud. “Y le dije ‘sería maravilloso que me prologara la Mariana Enríquez’… Y como son del mismo país, entonces la Natalia me dijo ‘dale, yo me comunico con ella’. Y respondió que sí, que me podía prologar Ciencia ficción travesti”.
Sobre la dimensión de este reconocimiento, Claudia bromea: “Entonces, Mariana Enríquez trabaja para mí (risas). ¡Ay, Mariana! No, es que la Mariana ha sido súper generosa, que me haya prologado dos libros a una total desconocida. Besos por si escuchas esto, Mariana Enríquez”.
“Así surgió Ciencia ficción travesti, tratando de hacer un esfuerzo por salir de estos discursos, que ya yo llevaba 20 años hablando sobre el derecho a tener tetas y potos y toda la cuestión”, dice, y agrega: “Ya me cansé, quiero hablar de otras cosas. Y entonces es una provocación de poder imaginar que podemos pensar en otras cosas, no solamente en nuestras dificultades para obtener ese cuerpo que dicen, que los medios de comunicación dicen que debiéramos tener”.
Con la publicación de estos libros, Claudia instala su voz en el panorama literario y activista, logra que sus textos, nacidos del margen, se conviertan en material de estudio y en una fuente de dignidad y conocimiento para su comunidad y toda la especie humana. Logra leerse siendo leída.
Se cree que lo diferente es grotesco y monstruoso, he sido tan odiada que tengo razones para
escribir. Nunca fui una esperanza para nadie. Junto las letras y escribo mediocremente sobre
este vacío. Escribo porque no he sido la única. Con mis amigas travestis hemos sido
rechazadas porque el cuerpo es sagrado y con él no se juega. Por eso escribo, por todas las
travestis que no alcanzaron a saber que estaban vivas, por la culpa y la vergüenza de no ser
cuerpos para ser amados y murieron jóvenes antes de ser felices. Murieron sin haber escrito
ni una carta de amor. (Manifiesto horrorista, 2015)


















