por Zulma Palermo
Llego al umbral de esta vieja casona -que forma parte de mi biografía, de mi memoria personal, de mi “patrimonio”- deseosa de descubrir lo que hoy sus paredes habrán de ofrecerme en esta tarde inusualmente fría, desalmada. Ahí, al trasponer la puerta de la primera sala, percibo la calidez de un lugar que sabe abrigarme con la tibieza de su cobijo. Ese que se da entre paredes hechas de adobones, de pisos arcillosos y techos sostenidos por el maderaje del monte que fue y se fue yendo. Recorro una sala, luego otra, sostenida por el encuentro con viejas amistades cómplices en largas búsquedas, con lxs que fui juntando retazos de historia, esos que pueden irnos diciendo cómo llegamos a ser, en nuestro territorio, lo que somos.
Aquí estamos, una vez más, ahora atraída yo por la línea de un poema que melódicamente dice “me voy quedando…”[1], que así nombra para mí un deseo, el de estar-siendo en la trama memoriosa de este lugar -que es el mío y es de tantos- de la mano de uno de los criadores de este particular universo. Un fragmento de este estar-siendo se encuentra ahí, en los muros blanqueados de la gran casona, en muestra ordenada con perfección simétrica poniendo ante los ojos, una a una, las partituras de Gustavo el “Cuchi” Leguizamón relevadas de la vieja Colección Estampa, cuya historia nos llega en la voz de Juan Martín, hijo y custodio de esa herencia.
Cuando las partituras rompen el silencio
En ese estar ahí, las salas se llenan con las solas presencias de las partituras mientras reposan -silenciosos todavía- un teclado, unas cajas, las guitarras anunciadoras de sonoridades.
Sonoridades que ahora, llegando desde lejos, invaden impetuosas el silencio sagrado del Museo, en los sikus y las cajas y las voces que quieren ser ceremoniantes de un colectivo[2], incorporando al espacio otro costado de este lugar que compartimos: el de una memoria más vieja de la que se exhibe y encuentra en la cadenciosa voluntad de estos actores una cierta forma de re-existencia, un estar aquí y ahora de sonoridades, después de tantos siglos de querer borrarlas.
Voces que dicen lo que cantan
Sonidos que son preludio casi imprescindible para la escucha de algunas de las muchas melodías allí expuestas en las conmovedoras voces de unas mujeres que nos sacudieron con sonoridades pocas veces así entonadas. La suave tonalidad con la que una de ellas nos envuelve, la fuerza intensa y muy profesional de otra, desdoblando ambas la escucha de voces que dicen las estrofas de lo que se canta, calando hondo al afirmar la potencia poética de lo que escuchamos por el canto, enunciadas por otros próximos criadores [3].
El hacer de lo poiético se instala ya profusamente en nuestras sensibilidades escuchando –y respondiendo también comunalmente- al llamado de sonidos que todos entonamos porque forman parte de nuestro universo cotidiano. Y las voces pasan del tono melancólico casi dolorido de las coplas, a la suave dulzura de la zamba, al jugueteo de una chacarera y al festivo sonido de carnavalitos al batir de palmas, a la danza y la alegría que se siente latir en este momento de convivium.
Momento que, de otro modo, ya había sido anticipado por la mano de los criadores del lápiz y el pincel que completaron con sus diseños magistrales lo que las partituras dicen.
Me pregunto, entonces, si este momento convivial, de goce compartido -como también ocurre cada vez que nos sentimos parte de una comunidad esperanzada- es una de las muchas expresiones con las que nosotros, este pueblo, formaliza una manera de participar en la modelación de una memoria otra de la que conocemos, articulando unas y otras pertenencias culturales arraigadas en el largo tiempo de nuestra existencia como pueblo.
Tramas para nombrarnos
Y es acá en esta Casa destinada a la preservación como Museo -que va dejando así de ser solo un repositorio- donde este acontecimiento se concreta, donde germina la propuesta de abrir su tradición de archivo, de espacio de conservación de un pasado muerto, a la potencia de la participación activa, a la vitalidad de lo que no está muerto. Abierto también a tomar cada quien –y quien lo quiera en mano propia- la “propiedad intelectual” de las partituras exhibidas. Aprendemos así un saber “otro”, que el “patrimonio” no es cosa del pasado, sino del presente, de este que transitamos, éste en el que la memoria activa puede apuntalar otro destino.
Retorno después a la intemperie que ya no tiene la fría intensidad de horas previas. Tal vez porque este espacio, este Museo, ha sido en este breve tiempo un particular lugar de un saber en relacionamiento porque en él que han circulado superpuestos muchos códigos tramando el sentido de nuestra pertenencia. Trama que me ha ofrecido un saber más de lo que somos. Una forma de conocer y de nombrar/nos en la conflictividad de un mundo que se nos muestra incierto.
Salta, julio de 2026
[1] Nombre de un espacio radial y televisivo (https://www.facebook.com/share/v/19H72ApPLe/) de la Fundación Cuchi Leguizamón.
[2] Chasky Colectivo Cultural.
[3] Cantan Victoria Cataldi y Jacinta Condorí; leen los poemas Silvia Katz y Carlos Müller. Instrumentan Arturo Botelli, Luis Palavecino y Sebastián Aguirre Astigueta.





