por Flavio Gerez*
Tengo una pregunta que, creo, conviene que nos hagamos antes de escribir una sola línea sobre los conciertos de la Berliner Philharmoniker en el Teatro Colón de Buenos Aires. Criticar a esta orquesta, en este país, ¿es un acto de rigor o un acto de soberbia? Mi respuesta es que no criticarla sería la verdadera falta, y que la falta ya se cometió en buena parte de lo que se leyó esta semana.
La orquesta volvió después de veintiséis años y cerró en Buenos Aires una gira que pasó por Nueva York, Bogotá y San Pablo. Tres noches, con Kirill Petrenko al frente, y programas entre los que figuraron las Variaciones Enigma de Elgar, la Cuarta Sinfonía de Tchaikovsky (día 22 de octubre) y el Concierto para piano y orquesta Op. 15 de Brahms con Vikingur Olaffson como solista junto al poema sinfónico «Así habló Zaratustra» de Richard Strauss (días 21 y 23 de octubre). Estos son datos de agenda. Lo que viene después, lo que se oyó, es otra cosa, y es ahí donde el comentario local suele rendirse antes de empezar.
La defensa como reflejo

La Berliner no necesita que nadie la defienda y, sin embargo, la crítica la defiende por reflejo. He leído por ahí críticas que dicen que el sonido fue «de otro planeta» sin antes preguntarse qué sonido era ese y si era el sonido que la propia orquesta dice tener.
El carismático Petrenko lo describió en vísperas de la gira con el desgastado recurso literario de la sinestesia. Este recurso consiste en mezclar sensaciones que se perciben por diferentes sentidos. Petrenko se autopercibe como un director capaz de producir con su orquesta un sonido «rico en colores, con algo todavía oscuro», heredero de las viejas orquestas alemanas. Aunque difusa, esa es la vara, la que la orquesta se puso a sí misma. Medirla con ella es lo menos que se le debe, y es un criterio más exigente que cualquier comparación con lo que ocurre en nuestras salas.
El aplauso a la marca
Cuando un organismo llega envuelto en tanta fama y tanto glamour, el oyente deja de comparar lo que oye con lo que podría oírse y lo compara con lo que se espera sentir sobre todo después de pagar una fortuna por una butaca. El aplauso, pues, pasa a ser una respuesta a la marca. No me hace falta atreverme a suponer, Dios me libre, oídos degenerados o degradados para explicar esto. Basta con la escasez.
Veintiséis años entre una visita y la siguiente significan que casi nadie en la sala tiene como referencia viva otra cosa que grabaciones, y una grabación editada, remasterizada y escuchada en casa es un patrón engañoso para juzgar una noche de gira en un teatro ajeno.

Dos errores de calibración
Hay que desconfiar de la tesis cómoda, que dice que el público argentino ha perdido el oído de tanto escuchar lo local. Además de incierta es injusta, y desde luego, es mala crítica, porque desplaza la discusión de la música a la audiencia. Hay oyentes en Buenos Aires con una formación formidable y extraordinaria, pocos pero hay, y hay entusiastas en Berlín que aplauden (entre movimientos) la marca igual que aquí.
Pero lo que sí existe son dos errores de calibración que creo conveniente nombrar.
El primero es juzgar a la Berliner con la vara del entorno, que es lo que hace quien sale del Colón convencido de haber alcanzado el Nirvana porque la semana anterior oyó algo peor.
El segundo es juzgarla con la vara de su mejor noche registrada. Esto es lo que hace aquel que exige a una orquesta en el último tramo de una gira, en una sala con una acústica que no es la suya, el resplandor de un ciclo en la Philharmonie. En mi modesta opinión, una crítica seria evita los dos.
Un crítico serio se pregunta qué hizo esta orquesta, con este director, en esta sala, con estas obras, y si lo que hizo justifica escucharla de nuevo.


Un menú seguro, casi hipoalergénico
Quisiera hablar, no obstante, de lo que nadie discute o cuestiona, que es la elección del programa. Las Variaciones Enigma, la Cuarta de Tchaikovsky, el Primero de Brahms y el Zaratustra de R. Strauss son obras magníficas y también son lo que cualquier orquesta de primera línea lleva en la maleta cuando no quiere arriesgar nada. Una visita que se hace esperar un cuarto de siglo bien podría haber traído otra cosa. Por dar ideas, una página que dijera algo del momento artístico de Petrenko, un compromiso con lo que la orquesta hace en la Philharmonie y no solo con lo que se vende bien afuera.
Se trajo un menú seguro, casi hipoalergénico. Y es ahí donde se inclina la balanza, porque programar lo seguro sobre un escenario que espera lo extraordinario es una forma de condescendencia. La condescendencia que exhiben muchos artistas cuando van a lugares, que suponen, tienen menos cultura musical. Algo que ya he apuntado en anteriores artículos.
Perfección técnica vs. ausencia
Este es un detalle que casi nadie anotó. Cuando el repertorio es de exportación, la ejecución impecable pasa a ser lo mínimo exigible, y el juicio del público debe desplazarse hacia lo que queda cuando la perfección ya está dada por supuesta. Esto es, la necesidad de cada gesto, de cada articulación, el riesgo asumido o la idea de forma.
El cargo más serio contra una orquesta de este nivel nunca es la imprecisión. De hecho es absurdo señalarla. Es la ausencia de urgencia. La Berliner puede tocar una Cuarta de Tchaikovsky sin una nota fuera de lugar y sin que nada esté en juego, del mismo modo que durante años se le reprochó al sonido de la era Karajan una belleza de lujo que se bastaba a sí misma. El cuestionamiento no es nuevo y, por supuesto, no ha perdido vigencia. Una fila de cuerdas que suena magnífica no prueba que haya un pensamiento detrás.

La fidelidad convertida en credo
Petrenko tiene fama de ser un partiturista escrupuloso, un ensayador implacable, de fidelidad casi reverencial a la partitura. Personalmente admiro esa disciplina, al fin y al cabo el único testimonio directo de la intención del compositor es la partitura y alguna que otra carta.
Sin embargo, la fidelidad convertida en credo puede dar una lectura literal, correcta en cada compás y sorda a la arquitectura entera, donde los tempi se ordenan según una lógica de partitura y no según una necesidad dramática.
Si lo que se oyó en la sala principal del Colón tuvo ese perfil, y lo anoto como hipótesis que el oyente debe contrastar con sus propias notas de sala, entonces se trató de una gran orquesta ejecutando con gran competencia una música que no la comprometía. Habrá que preguntarse si los vientos y las cuerdas tuvieron su legendario balance en los tuttis, si la afinación de las maderas en los pianissimi estuvieron ajustados a la estética de cada obra, etc. Y si todo eso tuvo un mensaje emocional que va más allá de lo que puede medirse o registrarse.

El valor del elogio
No me malinterpreten. Una noche correcta y de trámite de la Berliner sigue siendo una noche mejor que casi todo lo que se oye en nuestro país. Decirlo no contradice nada de lo anterior. El error de la crítica local es creer que esa diferencia de nivel obliga a la gratitud o a la genuflexión (vestigios de nuestro proverbial espíritu de colonia), cuando lo único que obliga es a la precisión. Se puede reconocer que la cuerda grave tiene una densidad que pocas orquestas igualan y sostener a la vez que la lectura del programa fue anodina. Las dos cosas pueden ser ciertas, pero la segunda es la que pocos se atreverán a no omitir.
Hay, además, una cuestión de dignidad profesional u honestidad intelectual según quieran llamarlo. Si en una visita así la crítica no se atreve a señalar la rutina o el trámite, el día que algo realmente excepcional ocurra no tendrá con qué distinguirlo. El elogio solo vale si se reservó para cuando corresponde. Quien aplaude todo, aplaude en vano, y lo que le quita a su lector es la posibilidad de saber cuándo una orquesta estuvo de verdad a la altura de su leyenda.
Margen y obligación
Sí. Hay margen para criticar a la Berliner. De hecho hay obligación de hacerlo. Lo que no hay es margen para hacerlo desde el desprecio por el pobre oyente local, porque esa postura se equivoca de blanco y regala la coartada perfecta, y tan usada, que el crítico habla siempre desde el resentimiento.
La crítica que vale es la que nombra qué faltó en la noche, con el oído puesto en la música y no en el pedigrí de quien toca. Y la que acepta que, tal vez, una orquesta puede ser la mejor del mundo y haber dado, un viernes cualquiera de octubre, un concierto que no necesitaba existir.
*Doctor en Física y músico, miembro de la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina
