El relato se desarrolla en el Chaco salteño y en la ciudad de Salta. Los tiempos son confusos, los espacios también. Fragmentos tratan de darles dimensión. Pertenece al libro Lo que estaba antes. En ese link está disponible en PDF.
Caracola Ediciones, editorial artesanal, lo está armando para quien quiera leerlo. Y también publicamos en Lecturas, una reseña/ explicación, «Los dueños y los dueños, en el pulso del Chaco».
las manos
uno
Estoy esperando detrás de la puerta que se vaya, las manos contra la chapa, espiando por el agujero del picaporte que no está. La radio apagada. Nada de ruido. Sólo el de la llovizna sobre el techo. Hoy tampoco he visto la mañana. Son las tres de la tarde. Llueve y hace frío, mucho frío. Y casi me mando una macana saliendo sin mirar. Casi me topo de frente con el dueño. Hace una semana que me ha dicho que si no me pongo al día que me vaya. O que pague y va a ver si me puedo quedar. Que no es así, que dónde se ha visto, que será bueno, pero lo toman pa’ la chacota y no hay seriedad ni respeto por la palabra empeñada. Todo eso ha dicho, y sin mirarme. Habla de memoria, como si estuviera recitando la lección en la escuela. De memoria. Casi me he topado de frente con el tipo muy bien entrazado que me pregunta, cuando estamos al día, “¿Y…? ¿Cómo va la familia?”, y sigue hablando un rato y uno se siente acompañado por el tipo que a veces parece un cura, por cómo habla. Casi me topo con él de pechito hace rato. Y la verdad es que no tengo nada que decirle. No sé qué decirle.
Sé que el plan trabajar ha dejado de pagarse hace dos meses. Sé que en el corte, ayer, ha habido dos muertos. Sé que la gendarmería está en el pueblo de nuevo. Por suerte, las chinitas se han ido con la Gorda a la casa de unos primos de Salta. Yo me he quedado aquí para que no me boten las cosas a la calle como el año pasado. Trabajo, no tengo. Sólo prendo la radio, escucho las noticias. Y espero que se vaya.
dos
El brazo derecho se estira, la mano abierta, los cinco dedos sintiendo el agua fría, la otra, agarrada de la baranda, el fierro del último, se pone roja, el cemento también frío bajo la transpiración de la camiseta. El Quitupí se caga de risa, mientras el Chueco tirado de panza en el puentecito intenta rescatar la pelota que el Naso por salvar un gol pateó fuerte y ahora se va tranquila por el agua con el agua, no mucha pero sí fuerte, por el canal. ¡Dejala, Chueco!, había gritado el Chicho desde el costado. Claro, el Chuequito casi se cae al agua por hacer una maniobra rara para parar la chuti, como él es de goma y no se rompe, pero no ha podido. Y le ha hecho caso al DT.
¡Qué DT, qué jugador! No en vano está en el banco del Atlético y con los más changuitos está armando el equipo del barrio. La pinta lo ayuda. 1,80 es una buena referencia, más si sos marcador central. Aunque la honda en el cuello desmiente esa prestancia de zaguero. “Mira chango —le dijo el Viejo Boni—, tenés que estudiar y saber escribir. Por ahí, a nosotros, brutos de viejos, no nos importa mucho, ahora ya no nos importa porque ya es así la cosa, pero ustedes tienen que saber escribir y leer. ¿Cómo vas a anotar a los changos en el campeonato si no sabés qué estás poniendo? ¿Ah? Hay que ser vivo… para opas estamos nosotros”. Y lo anotó en el equipo de los grandes, en una de esas debuta en un par de semanas.
El Chicho es de Boca, y ahora juega en el Atlético.
tres
No sé cómo están las cosas en la ruta, toda la mañana sin radio. Está hecha pelota, tiene un solo volumen y es alto. Si la prendo, me deschavo y ya lo tengo al dueño en la puerta. Qué lo parió. Y no sé cómo va a hacer este hombre. Por lo menos no es como el del año pasado. Ese no me ha preguntado tanto, me ha cobrado dos veces y después ha roto el candado cuando hemos ido un domingo con las chinitas al río. Hemos vuelto a las ocho y ya estaba todo afuera y la pieza con otro candado. Y la Gorda lloraba y me puteaba, sonándose los mocos con la toalla de Cenicienta de la Ayelén, la Maribel pegada a su pierna y mirándome con pena… “Papito, ¿vos la querés a la mamá?”, me pregunta, mientras nos acomodamos a la noche en la casa de la Juana que nos ha prestado el alerito que tiene al costado de la cocina. Y yo la miro y le digo Sí, mucho. Pero bajito, porque la Gorda sigue enojada conmigo y no me habla.
Yo no sé si este dueño va a hacer lo que el otro.
Por las dudas, le he dicho a la Gorda que se lleve a las chinitas a Salta, que yo me quedo aquí, esperando.
cuatro
“¡Eh, Quitupí, bajá a la playa y mirá si no está el Juan!; ¡si lo ves, decile que venga, pué, que no sea malo! ¡Que los changos vamos a hacer una vaquita y le vamos a juntar algo para el sábado!”, le grito todo eso de un tirón en un ratito, en el tiempo que demora el Quitupí en pasar con la bici por la cancha, por el costadito de la cancha donde estamos entrenando para el campeonato. Su mamá da pensión, cocina rico, y el Quitupí le hace las compras a la tardecita, cuando ya ha bajado el sol. Nosotros cuando lo acompañamos ya estamos sabiendo qué van a comer los trabajadores de la empresa mañana. Qué va a comer el Quitupí.
El Juan pesca solito, pesca de memoria. Mataco purito, es el arquero del equipo y vive con los otros indios a un kilómetro del pueblo. De chiretitos somos amigos, el Chicho también era del grado, en la escuela ha sido que nos hemos conocido. El Juan ha ido hasta el segundo, no más. No se acostumbraba.
cinco
Lo han muerto al Chicho de la María. En la ruta.
Yo me voy al corte a la noche, tarde. Tomo unos mates, como un guiso, me quedo con los changos hablando macanas toda la noche. Despiertos, hablando de lo que hacíamos cuando éramos más changos, de la escuela, de la cancha los domingos. Hablamos para no dejarnos dormir, para no dormirnos. Hablamos y esperamos. Vuelvo a la pieza a las siete. A veces no viene y puedo salir y andar un poco al mediodía, verlo al Pedro o jugar con los críos de la Teresa. El Fermín me trae comida desde la olla que tenemos al costado de la ruta, en la bici, en la vianda, o a veces le saca la moto a alguno y se viene con el Pedro, que es gremialista, y nos encerramos en la pieza y mientras como fuman un armadito y me cuentan qué pasa con los municipales y los de la empresa que se han unido a nosotros, los desocupados. El Chicho tiene dieciséis. Guiso de fideo o por ahí una polenta traen. Tendría que caer por la pieza de la María. Un ratito, por lo menos. No sé. Y el dueño que no se va.
Se pone a revisar el alambrado, o se va a ver los baños del fondo, parece que quiere cambiarles las chapas de las puertas, o darles una manito de pintura.
Dieciséis años.
seis
La manito se desplaza por el borde del asiento del columpio, por el rectángulo que forma el fierro que enmarca la madera verde, recién pintada. Siente el frío del metal y su carita de seis años, cachetes colorados, transmite una paz también pequeña, como sus pasitos, sus manitos.
Ella es así, vive en su mundo. La abuela dice que la sopló un ángel cuando ha abierto los ojos y que por eso se distrae en cosas chiquitas y mira de otro modo, como ahora.
Mientras tanto, la Maribel corre con los primos y ya se ha bajado del sube y baja de nuevo, dejándolo al Alfonso a los gritos bien agarrado del fierro ese para agarrarse pero abajo, ¡qué gracia tiene!
siete
Estoy esperando detrás de la puerta, mirando por el agujero del picaporte que no tiene. Y entra un frío, la mano apoyada en la frente, en la chapa. Y afuera se escuchan tiros y la lluvia pega finita en el techo. El dueño está loco, si no ¿qué hace aquí? Por qué no se va a su casa a ver TN o Crónica, así sabe lo que pasa en la ruta.
Él dice que la gendarmería le cuida el negocio que tiene en el centro, la mueblería. Dice que la policía y la gendarmería le cuidan su propiedad cuando los negros de mierda hacen quilombo. Él lo dice a los gritos, aquí en las piezas. Y nadie le dice nada, ¡qué le van a decir!
ocho
El Juan pesca de memoria. Marrón en el río, Juan es de arena, esa que nos devuelve —cuando la sentimos— a nuestros gritos en la playa, toditos los changos jugando a la orilla y esperando que sus hermanos nos den unos sábalos, que sacan muchos con esas redes que tienen, hechas con ilhu. Que nos den un poco para llevar a la casa.
Tiene más o menos la edad del Chicho y ha estado dos veces en Salta, Juan. Primero, cuando era chiquito y ha ido a parar al Hospital de Niños, tres meses ha estado. Claro que eso no vale, porque ni siquiera ha visto el centro. Esa vez ha traído mucha ropa y zapatillas nuevitas.
Y después ha ido hace poco. Ha ido a buscar a su papá, al Anselmo, porque no volvía con la Fabiana. Y cuando ha vuelto estaba triste y soñaba triste porque lo ha visto llorar a su papá.
nueve
Llueve y hace frío, seguro que en Salta también, pero el Raúl tiene gas y tiene estufa y las chinitas deben estar meta que dale con los dibujitos en la tele, metidas en la cama con los primos. La Gorda, tomando mate con la Felisa. El olor a los gases está en todas partes… como este tiempo, como esta llovizna sobre las chapas.
diez
Imaginamos el pasto desde aquí abajo, es verde verde. Hacemos así. Nos tiramos de panza a la siesta en la canchita y al ras del suelo, la pera apoyada en la tierra, miramos apenas por sobre el suelo, los ojos casi cerrados, el pasto verde verde. Todos, desde el arco para adentro de la cancha, miramos. Estamos un rato largo hasta que alguno se levanta y se sacude la tierra y empezamos a jugar a la pelota.
once
Desde que ha vuelto, anda raro el Juan. Ya no se junta mucho con nosotros.
Él sabe contar los sueños. Cuando los cuenta, todos los chiretes nos tiramos en la cancha, los brazos, las manos, los dedos entrelazados debajo de la cabeza (formando orejas enormes) y panza arriba, mirando las nubes. Él dice que las cosas son de los dueños[*] y no de los hombres, y también dice que los sueños son de verdad porque tienen un tiempo y nos ocurren. Y si tienen tiempo y nos ocurren es porque pasan y son. Cuenta que el algarrobo, el cebil, la chuña, los pájaros son personas como nosotros.
La mamá, cuando le he contado, me ha dicho que lo escuche al Juan porque su papá sabe mucho y su gente sabe mucho, calladitos como son. Igual, yo creo que la arena en la playa es parte de los cuerpos de los indios. Que el río es de donde vienen ellos y sus sueños. Y del yuchán, de donde nace el río y el agua. Yo le creo al Juan.
doce
La han traído a la Fabiana en un cajón, en la ambulancia hasta Tartagal y después en el camión de la muni. La han llorado y la han enterrado.
Juan ha ido a buscarlos porque el Anselmo no volvía con la Fabiana. Raúl los ha ido a ver al San Bernardo. Tres meses han estado en Salta. Ella, en el hospital y él, en un hotel para los indios o en una silla al lado de la cama de la Fabiana, o a veces ha dormido en alguna plaza cuando se perdía y no sabía cómo llegar al hotel que está lejos del hospital. Ha estado Anselmo semanas sin cambiarse de ropa, sin bañarse. Es difícil, cuando no hay ropa limpia y no se sabe qué pasará mañana. Ese mañana que no llega y se va corriendo para adelante, y uno está en un hoy enorme, y espera.
La Fabiana se iba acabando de a poco, me ha contado Raúl, que lo llevaba al Anselmo a bañarse cada tanto a su casa. Y Matías tenía tres años cuando lo besó por última vez. Cumplió 4 hace unas semanas. El día de la madre, una señora que ha venido de afuera allá en la sala del hospital le ha entregado una flor, como a sus vecinas de la pieza, y la Fabi ha vuelto a soñar con su hijo.
Chewoyé, ma, ij, wichi son algunas de las palabras que ha aprendido el Raúl estos meses de estar con la Fabiana y el Anselmo.
¿Cómo será el sueño de la Fabi? Ella dormía sobre un colchón de aire porque la espalda… Y una noche ya no despertó y no miró más.
¿Cómo y dónde está la Fabiana? ¿Está con Matías? ¿Está en el Chaco de sus 20 años?
trece
¡Dale, Cachilo! ¡Traelo al mataco! ¡Que si no está al arco nos vamos a comer una goleada! Ahorita mismo debe estar en el río. ¡Que venga pué! Decile que le vamos a juntar la plata para el sábado. ¡Que no sea desconfiado!
catorce
Cuando se vayan, vamos a tener que empezar de nuevo en el pueblo. Lo están dejando a la miseria. La María me ha contado que fueron balas de verdad, y que el Chicho ha corrido unos sesenta metros con la puntada en la espalda, y que cuando ha llegado a la orilla del barrio se ha sentado solito. El resuello calmo, los ojos rojos por los gases y la bronca y el pañuelo húmedo sobre la boca. Y estaba acabándose a los 16, estaba cortándose este chango que juega como los dioses a la pelota. Pero no le aflojés, Chicho, ya tocan el silbato y vamos ganando la final con el Atlético. ¡Huevos, chango! Miralo al Juan, está entero y eso que lo han revolcado todo el partido. Lo que ataja ese chirete. Tendríamos que traerlo al Atlético. Pero vos lo has llamado y juega en tu equipo del barrio, de changos más chiquitos. Pará, pará un cacho… ¡Si éste es el campeonato de la Liga departamental! ¿Qué hace el mataco en el arco? Bah, no nos distraigamos que estamos jugando el descuento y ganamos 1 a 0 a estos grandotes que nos ganan siempre y nos tenían de hijos hasta hoy. ¡Dale Chicho, no le aflojés que ya termina! La María se ha ido apagando en el relato y se iba con ella la voz y se me han colado otras historias y yo las escuchaba con ruidos, pobre, ha llorado tanto que su voz está más ajada que de costumbre. Voz de urpilita mojada. Y entonces hay otras que la ayudan a contarme lo que ha pasado, lo que pasa. Voces que han salido del monte y del río. Los dueños han sido, seguramente, los que han soltado las palabras para que las escuche y para que la María me cuente. Dice que le han dicho los que han ido por su casa después que el Chicho estaba a la orilla del barrio sin palabras en la boca y con los ojos rojos y húmedos… que el Juan lo ha levantado y ha caminado un poco pero el Chicho pesaba mucho con su metro ochenta y que otros changos los han visto y lo han ayudado al Juan que por la llovizna o por los gases también tenía los ojos rojos. Y que la mamá del Quitupí ha pegado el grito para que no se demoren con la compra, ¡qué se piensan!, ¿que una está jugando? Corriendo vayan, carajo, hace una hora que ha salido este chango y miralo, con la bici y la bolsa al costado de la cancha, jugando a la pelota. ¡Trompeta! ¡Changos del diablo que no hacen caso! ¡La pelota les voy a dar de comer! Y el Chicho se ha preocupado, y le ha dicho al Quitupí que se deje de macanear y que no la haga renegar a su mamá porque si no capaz que no les dice a los de la empresa que los ayuden a ellos, los changos del Estrellas del Norte, con la camiseta. La mamá del Quitupí a los gritos… y con un palo en la mano. ¡Qué cana!
Había muchos ahí, desparramados, golpeados. Es que han entrado al pueblo, no se han quedado en la ruta. Han despejado el corte, lo han hecho mierda y ya no alcanzaban los palos y las hondas y en el quilombo se escuchaban los tiros… y el humo, y el gas…
¿Por qué no se van?
quince
Las manos de la Fabi son hermosas, tiene los dedos largos y las uñas bien curvaditas. Raúl le ha traído cigarros y coca al Anselmo, que cuando viene a visitarlos se va a caminar un rato por ahí, afuera del hospital. Y ha traído esas toallitas húmedas para bebés que la enfermera le ha dicho que compre. Con el Anselmo, le limpian la cara, los brazos y las manos, dedo por dedo, a la Fabi que los mira sin entender muy bien qué pasa…
dieciséis
Las abejas están haciendo ese ruido que hacen ellas, el panal está cerca, nosotros, las orejas bien abiertas, hemos caminado en fila por el monte. El Juan conoce y el Chicho ha dicho que sería como un entrenamiento esta salida. No es la primera vez, pero sí es la primera vez que no es solo ir a buscar miel. El Juan adelante, la yica cruzada, cada rato mira para atrás y nos dedica una mirada de esas que tiene él, que uno no sabe si se está riendo o te está retando. Los ojos del Juan son muy decidores. Pucha si lo serán que la Herminia dice que son los más lindos del pueblo y de las casas de los indios. Pero no le damos bola porque la Herminia se enamora todo el tiempo y nos pelea cuando la Juana nos invita a tomar mate cocido con bollo con chicharrón en su casa. En el grado somos 15 no más, y la Herminia es la más grande. Todos mezcladitos tenemos que preparar el acto del 25. Y don Gregorio, el abuelo del Chicho, saca el violín y empieza a hacer música para que bailemos, la guitarra y el bombo vienen a ver qué pasa, solitos.
[*] En la cosmovisión wichí, el monte no es un recurso, sino un espacio sagrado compartido. Los espíritus dueños o protectores -conocidos como ‘ahát o amó en algunos relatos- gobiernan a los animales y los elementos. Para entrar, cazar o recolectar, es necesario pedir permiso a los dueños para evitar castigos, equilibrar y asegurar la supervivencia. El concepto de «dueño» para el pueblo wichí no significa propietario legal, sino guardián. Las tierras y los frutos del monte son bienes comunes. Todo en la naturaleza tiene un espíritu. Si un cazador extrae más de lo necesario o no pide permiso, el guardián del monte o del agua puede provocarle enfermedades, accidentes o escasez.
