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domingo, marzo 15, 2026

María Saleme, maestra de maestras

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La educadora tucumana será homenajeada públicamente en la Biblioteca Provincial de Salta el venidero 27 de marzo. El texto que publicamos da cuenta de la pasión y trabajo de la docente cordobesa por adopción y que fuera compañera de Alberto Burnichon.


María Esther Saleme nació en Yerba Buena, Tucumán, en 1919, y falleció en la ciudad de Córdoba el 21 de noviembre de 2003, a los 84 años.

En su provincia inició su trayectoria profesional, apenas recibida de educadora, a los 16 años de edad. Sus primeros pasos los dio alfabetizando en una fábrica de fósforos gestionada por mujeres, una experiencia que marcaría tempranamente su “saber todo lo que no sabía” y su compromiso de vida, definitivo, con la educación y el trabajo humano en contextos populares.

En 1956, ya básicamente formada en un buen secundario (el Sarmiento) y titulada en Filosofía y Pedagogía, se traslada a Córdoba, donde comienza su etapa docente universitaria.

Plaza Independencia y alrededores, San Miguel de Tucumán, a fines de la década de 1950. Facebook Fotos antiguas de Tucumán

En México

Sin embargo, en 1966 su carrera se vio abruptamente interrumpida al ser cesanteada durante el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía. Tras esa expulsión, María Saleme fue contratada en México, donde continuó desarrollando su labor en la Universidad Veracruzana. Allí no sólo se desempeñó como docente, sino que también realizó investigaciones, principalmente de campo, trabajando directamente en territorio.

Más tarde, regresó al ámbito escolar, especialmente a la escuela rural, llevando adelante investigaciones en establecimientos bilingües del estado de Veracruz, con particular dedicación a la zona de Jalapa.

Taller Total, en Córdoba

En uno de sus regresos desde México, en 1970, la educadora tucumana recibe la propuesta, por parte de gente de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Córdoba, de generar un Taller Total –multidisciplinario- que rompiera la rigidez clásica de la carrera para establecer conexiones con otros saberes; artísticos, científicos y –muy especialmente- populares.

Se trató de un experimento (con base en la relación del arquitecto con las distintas realidades y vivencias que acontecían en torno de la vivienda, sobre todo popular) que trascendió las aulas y fue motor de innumerables eventos y experiencias sociales.

Fueron días de una gran intensidad y efervescencia social, cultural y artística, animados por una actuación conjunta de docentes, alumnado, trabajadores, sindicatos, artistas de todas las disciplinas y públicos diversos.

Fue también el telón de fondo sobre el cual, en pocos años más, se desataría la cruenta represión armada del golpe de Estado de 1976, del cual estamos transcurriendo su cincuentenario.

Salta, el norte y el Valle Calchaquí

En 1973, María Saleme fue contratada en Salta, para alfabetizar en la frontera. En forma de talleres, durante un tiempo lo hace en la ciudad y luego en las zonas de Tartagal, Orán, el Pilcomayo y, posteriormente, en los Valles Calchaquíes.

Esas experiencias le permiten, una vez más, comprobar la insuficiencia de las teorías y los métodos previamente formateados, ante las necesidades empíricas de la vida, de lo situacional y de las personas y de cada contexto concreto, más que convencida de que la alfabetización del campesinado presentaba características distintas a las de los sectores obreros e indígenas.

Llega a Salta, y a sus regiones, con cartillas elaboradas en los grandes centros universitarios que le resultan inútiles para encajar en la selva, el monte o el Valle.

Indígenas y lugareños, sus maestros

María aprende de los inteligentes maestros indígenas y los lugareños que le explican, por ejemplo, que para un chiriguano –gente de río- la palabra central de su universo lingüístico es “agua”, y que allí tenía que buscar la punta del ovillo para empezar a engarzar palabra, pensamiento y acontecimiento.

Entender y jerarquizar las diferentes acepciones, según venga el agua del río: si viene con pesca, si viene “mala” (con crecida…), si viene buena para beber; y aprender cómo el mismo objeto se nombra de distintas maneras (algo parecido a lo que hace el poeta, la poesía…).

La maestra contará que en el Valle Calchaquí recibe otra lección de las realidades singulares a partir de la cuales se debe alfabetizar. Ve que a los campesinos –la mayoría con ascendencia aimara– en general no les interesa alfabetizarse, porque vienen de un pasado y van hacia un futuro (“cosechando tomates para la viuda de Michel…”, como le dijo alguien), en los que los aprendizajes propuestos son irrelevantes.

¿Para qué aprender si no iban a salir de ahí: si ese era su destino? La moraleja era que tanto el hombre del río como el del Valle pueden alfabetizarse a partir de ese “ahí”, de sus lugares y acciones de vida: viendo cómo hacer para desanudar sus hábitats.

Transformar el conocer en saber

Conocer de letras, palabras y autores de “otros mundos” (la academia, la ciudad…) no sirve… Lo que hay que lograr es que la persona transforme el conocer en saber (saber quién se es, qué se hace, por qué son así las cosas). En el proceso de alfabetización, para María Saleme, el sujeto es superior a la propuesta: por eso lo primero, siempre, es escuchar. Y saber escuchar; a la manera socrática: escuchar silencios, gestos, omisiones, acciones; lo más lejos posible de cualquier estereotipo o molde.

Cada ser –su vida– es un universo que funciona de acuerdo con unas “leyes” propias; a las que primero hay que descubrir e interpretar, para luego, recién, proponerle otras mejores.

Desarrolló esa tarea hasta 1975, alternando días de cursos en la ciudad de Salta con viajes quincenales a las orillas del Pilcomayo y a los Valles Calchaquíes.

Sin embargo, ese mismo año María fue nuevamente cesanteada. En 1976 debió exiliarse, luego de que en marzo de ese año su esposo, el editor Alberto Burnichon, fuera secuestrado y posteriormente asesinado por las fuerzas militares de la dictadura instaurada a partir de marzo.

La noche del 24 de marzo de 1976, militares invadieron su casa de Villa Rivera Indarte.​ María estaba con su esposo, Alberto Santiago Burnichon, algunos de sus hijos, su nuera y dos nietos. Un grupo militar tomó por asalto su casa y secuestró a la familia. Su esposo, junto con su hijo menor, fueron separados del grupo familiar y llevados al campo de la Rivera. María, junto a una de sus hijas, su nuera y dos nietos fueron llevados encapuchados y luego tirados en un campo cercano. Su hijo apareció luego de pasar por el centro clandestino de detención, en una ruta cercana a Carlos Paz. Un día más tarde el cuerpo sin vida de su marido apareció en un aljibe de Mendiolaza. Con su vivienda saqueada y dinamitada y su vida familiar prácticamente destruida, pasó al incilio entre Córdoba, Buenos Aires y Tucumán donde quedó dispersada la familia.

Una maestra socrática

María no escribió libros de teoría.

Era, en cierto modo, una maestra socrática, cuya enseñanza se desarrollaba fundamentalmente en/ con la palabra hablada, en el diálogo, en las conferencias y en el intercambio con sus alumnos y colegas. Por esa razón, el único libro que recoge su pensamiento fue publicado en Córdoba en 1997 y gestionado por discípulos, colegas, amigos y directivos de la Universidad.

Se titula Decires y fue editado por Narvaja Editor. El volumen reúne conferencias, charlas, reportajes y entrevistas.

Al comienzo del libro, María Saleme escribe:

“La herencia de Gutenberg no concede lugar a la palabra suelta, intencionada: la única que permite escrutar el propio rostro sin rencor al fin de cada día. Generadora de dudas y silencios compartidos, la palabra sola se asombra de la palabra escrita, manejada con equilibrio, fuerza y rigor por una generación que aventaja en gran medida a las normas de su formación original”.

Pero María Saleme, la gran educadora/ filósofa, no podría haber hecho tanto por nuestra educación sin las discípulas y ayudantes, especialmente de su vida académica en Córdoba, a quienes se refería simplemente por su nombre de pila. Las dos Martas, Alicia, Alcira, Lucía, Azucena, Tinti, Justa, Leonor, Susana y Gloria son nombres de mujeres que merecen ser recordadas en todos aquellos días y momentos en los que recordamos la tarea de la gran pedagoga tucumana y nos preguntamos, y pensamos, en la transmisión del conocimiento; es decir, en la educación y en la formación de nuevos seres, de nuevas generaciones.

Investigar fuera de los muros de la universidad

María Saleme cierra la colección de notas, entrevistas y conferencias reunidas en aquel libro testimonial Decires (reeditado en edición ampliada, en 2021, también por Narvaja Editor) con una reflexión dedicada a la universidad.

En ella sostiene que un pedagogo en la universidad no debe ser solamente un erudito en su materia, sino también alguien capaz de detectar los problemas, porque —afirma— en la universidad no se manejan tubos de ensayo, sino personas y procesos. Señalando, además, que uno de los problemas ineludibles para los pedagogos es la masividad de las universidades.

En ese sentido, considera que la solución no consiste en poner vallas para el ingreso, sino en realizar selecciones con criterios académicos; porque la obligación de los pedagogos es atender y desarrollar recursos metodológicos que permitan hacer frente a esta situación.

No se trata, dice, de un reto que pueda asumirse de manera voluntarista, sino de una responsabilidad que no concede demasiado tiempo de espera.

Asimismo, plantea que la universidad debe salir con su propia gente a investigar los problemas existentes fuera de sus muros y que son de su competencia, para ocuparse verdaderamente de ellos.


*La información transmitida en esta nota, con la que en el Día de la Mujer intentamos en este 2026 honrar la memoria y recordar la figura y la labor extraordinaria de María Saleme —la tucumana nacida en Yerba Buena, Tucumán, en 1919— ha sido tomada casi exclusivamente del libro Decires que reúne testimonios sobre su pensamiento y su trabajo, publicado en su homenaje por la Escuela de Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de Córdoba en 1997 (Narvaja Editor), en cuya edición ampliada —2021— colaboré con un breve artículo.

El libro puede leerse o bajarse en este link: Decires


María “Negra” Saleme y la poesía de Manuel J. Castilla

Negra o Negrita Saleme, como la llamaban familiares, amigos y allegados, sobre todo del ámbito literario/ poético del NOA, tenía una natural sensibilidad lingüística y un “entendimiento” único para con la esencia de la palabra y sus “pastores”: los poetas y los filósofos.

En el caso de Manuel J. Castilla, amigo cercano de María, al igual que otros poetas de la región y de aquella época –y más allá de la estrecha relación que el salteño mantenía con Alberto Burnichon, fiel y querido amigo y editor de la mayor parte de su obra– fue una calificada interlocutora de su hacer poético.

Cuando publiqué en Córdoba, en l990, mi libro Manuel J. Castilla, desde la aldea americana, le pedí a María, de quien tanta ayuda recibí, que hablara en la presentación de ese libro. En aquella ocasión, entre otras cosas, dijo de nuestro gran poeta y de su poesía:

“… entiendo que, ante Manuel, estamos realmente ante un transgresor; que no va al choque, que no lastima, al romper los moldes que el tiempo y la voluntad de no cambio han abatido sobre las cosas. Y no puede ser de otra manera, por cuanto ha resuelto –porque se le impone– hablar poéticamente y, por lo tanto, consolidar belleza y verdad, como los griegos. Belleza y verdad: binomio tan soslayado por una sociedad como la de él, como la nuestra; como la nuestra americana. Porque él tiene que hablar del polvo que se adentra en la piel del minero; de las miradas sin tiempo; del silencio. Precisamente, por esa asunción voluntaria del rol de nombrador se vuelve transgresor.

Esto mismo le lleva a inventar, a hacer re-nacer la fuerza y el movimiento original de las palabras. Lo que sucede en el entorno, le sucede, repercute en sus vísceras; sólo así puede expresarlo, puesto que el universo de las cosas cabe en el corazón del hombre: corazón que entiende las razones de la razón, parafraseando a Bethelheim y contradiciendo a Pascal.

Pero las palabras, su instrumento más refinado, no le caían a Manuel como una gracia: él las buscaba como un duende obstinado, las perseguía y las pulía, como el río a la piedra.

Sé que era así, que fue un transgresor consciente, pues siempre obedeció a la imposición de las cosas”.

Algunos de los libros de Manuel J. Castilla Editados por Alberto Burnichon.

Desde la contratapa de El verde vuelve (Burnichon,1970) María, que humildemente la firmó con las iniciales N. S., dice del poeta y de su poesía, de manera única (y magistral) lo siguiente:

Como un amigo se recorta en las cosas más sencillas. De antiguo viene. Lo recuerdo hace años, barba bellida, tarde de Yerba Buena, mirar con amoroso y parco asombro una dorada hoja de magnolia.

De nadie sé que haya alcanzado a nominar las cosas desde el impulso mismo que las crea. ¿Cómo sabe del silencio de la noche, de ese instante atemporal de absoluta quietud, en que el mundo se frena y ni respira? ¿Cómo es que se impone a los sentidos la más insignificante cosa, hasta el pequeño, inadvertido, doméstico suceso del hombre, cualquier hombre? Así es cómo, la lluvia, el polvo de la piedra, el color increíble de la tarde, el desolado orgullo del minero, el agobio del paso, todo se canaliza, palpitando, en la decantada palabra de Manuel.

Nunca pude comprender por qué, cuando algo me sacude hasta volver impotente la expresión, pienso en Manuel, para Manuel. ¿Quién es, qué es ese tu amigo, de tan áspero monte el gesto y ternura infinita? Es un misterio digo, se ha vuelto misterioso desde que participa del secreto. Y esto, porque una noche vi que compartía misterio y vino con Pablo Greda”.

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