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miércoles, agosto 5, 2026

¿Revivir el mar de Aral para frenar el cambio climático?

Un estudio revela que la reinundación parcial de este gigante desecado evitaría la emisión de 605 megatoneladas de CO2 y generaría créditos de carbono.

Alguna vez fue el cuarto lago más grande del planeta y hoy es uno de los recordatorios más severos del impacto del hacer humano sobre la naturaleza. Desde la década de 1960, el desvío de los ríos que alimentaban al mar de Aral para proyectos de regadío soviéticos lo transformó en un desierto estéril y salino, con importantes impactos ambientales, sociales y económicos.

Sin embargo, una investigación publicada en la revista Science sugiere que este gigante moribundo podría tener una segunda vida, no solo como un ecosistema recuperado, sino como una pieza clave en la lucha global contra el cambio climático.

El estudio, liderado por el Centro de Estudios Avanzados de Blanes (CEAB-CSIC) y con la participación de Joan Pere Ruiz del Instituto Mediterráneo de Estudios Avanzados (Imedea), plantea como estrategia reinundar parcialmente el mar de Aral para sepultar de nuevo sus masivas reservas de carbono.

La bomba de tiempo bajo la arena

Un dato a saber: los grandes lagos continentales actúan como gigantescos sumideros de carbono, almacenando materia orgánica en sus sedimentos durante siglos. El problema surge cuando estos ecosistemas se secan. Al quedar expuestos al aire, el carbono acumulado se oxida y se libera a la atmósfera en forma de dióxido de carbono (CO2).

Desde que comenzó su desecación, el lecho del mar de Aral ya ha emitido la alarmante cifra de 748 megatoneladas de CO2. Pero lo más preocupante es lo que queda abajo.

«Bajo el antiguo lecho del mar de Aral existe un ‘tesoro oculto de carbono’ que seguirá liberándose mientras los sedimentos permanezcan expuestos», advierte Rafael Marcé, investigador principal del estudio (CEAB-CSIC).

De no actuar, la descomposición continuará. No obstante, los científicos calculan que una reinundación parcial podría bloquear la emisión adicional de 605 megatoneladas de CO2. Para ponerlo en perspectiva, esta cifra equivale a casi tres años enteros de las emisiones de gases de efecto invernadero de un país como España.

Un giro en la contabilidad climática y financiera

Hasta ahora, la desaparición de lagos se abordaba como una tragedia hidrológica o socioeconómica local. Este estudio cambia las reglas del juego al introducir un factor global.

Núria Catalán, coautora de la investigación, destaca que estos fenómenos alteran radicalmente el ciclo del carbono, un aspecto que apenas se había incorporado a la contabilidad climática internacional.

Pero, ¿cómo financiar un proyecto de semejante envergadura? La respuesta está en los mercados de carbono.

Tomando como referencia los precios del mercado voluntario de carbono, evitar que ese gas llegue a la atmósfera generaría entre 3.600 y 18.000 millones de dólares en créditos de carbono comercializables. Este dividendo verde permitiría que la restauración se autofinanciara en gran medida a través de mecanismos de financiación climática internacional.

Del mapa a la realidad: El desafío técnico y político

El estudio no se limita a la teoría; también evalúa la viabilidad práctica. Los investigadores proponen una hoja de ruta clara para recuperar los caudales de agua necesarios. Un paso sería la modernización agrícola, es decir mejorar la eficiencia de los sistemas de riego heredados de la era soviética.

Aportar infraestructura. Optimizar las canalizaciones hidráulicas para reducir las pérdidas por evaporación y filtrado. Y la diplomacia del agua: reforzar la cooperación geopolítica entre los países que comparten la cuenca del Aral (principalmente Uzbekistán y Kazajistán).

Con una inversión estimada de 9.700 millones de dólares, se podría recuperar aproximadamente la mitad de la superficie original del lago de 1960. Los autores reconocen que la restauración total sigue siendo una utopía técnica y social.

Sin embargo, al demostrar que el mar de Aral no es solo un pozo de gasto ambiental, sino una inversión climática con beneficios económicos cuantificables, la ciencia ha puesto sobre la mesa un catalizador financiero sin precedentes.

Salvar el Aral es solo una deuda con el planeta y, además, un negocio sostenible.


Fuentes Agencia EFE y France 24

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