por Zulma Palermo
Escribe/ dice Eduardo Galeano entre sus muchos asertos: «El arte es una mentira que dice verdades», casi repitiendo algún otro del tan mentado Juan Rulfo, «la literatura miente«, que provocara no poco alboroto en algún remoto y apresurado paso por estas tierras de tejas bajas que suelen aplastar las ideas. Ambos definidores enunciados me son susurrados al oído mientras camino por las páginas de La quinta carta,[1] camino lleno de bifurcaciones -a la manera borgeana- abriéndose a espacios pluriversos, memoriosos, plagados de voces, de sonidos, de relatos -a la manera rulfiana.
Es un recorrido que reclama hacerse en voz alta: son las voces trasvestidas a la letra las que ciceronean mis pasos por uno de los múltiples senderos que recorro disfrutando cada tono desprendido de esas letras, inscriptas una y otra vez con necesaria insistencia: esto que leo es el eco, y sólo el eco, de la voz que viene narrando una/ esta historia comunal, relato memorioso y necesariamente fragmentario de un pequeñísimo universo en el cada vez más agobiante universo de la universalidad.
Esas voces/ esas letras me van recordando y, por eso, amasando en re-existencia una memoria de lo que fue antes de yo ser en este lugar del mundo, en este NOA atravesado todavía por las muchas opresiones, y también por sus reiteradas resistencias. Este mundo noroéstico que está en el país y el mundo y que, por eso, se amasa en muchas fronterías; las del arte, la ciencia, las lenguas, dando forma a una forma de ser/ vivir en su propia diferencia.
Digo así de saberes fronterizos y, entre ellos, los que formatea el arte (aquí el arte literario) explícitamente denunciado y hecho factura narrativa en la carnadura de un posible relato en tanto –responsablemente- entiende/ entendemos que “la estética deviene una política, y una ética”, fuerte aserto enunciado muy al comienzo de este recorrido, enunciado que funda una opción sensible y responsable.
Esa responsabilidad arraiga, así lo siento, en la sustancia colectiva que se instala en la multivocidad de quienes hablan, en la apropiación marcedonianamente subversiva de todos los órdenes preestablecidos por todos los mandatos del poder que impone el canon en singular metástasis. Las redes que esta dispersión propone se dibujan en rizomas que pueden llegar a ser innumerables.
Lo político del arte es acá directamente perceptible en el armado de un mundo de ficción/ verdad, frontera en la que se enmarañan los fantasmas vivientes del pasado con un presente en lucha, en el que predomina convocativamente -y visible en el perfil de las personas/ personajes que me hablan (camaradas, compañeros, correligionarios)- a comprender que, en este tiempo, ya es hora de “parar la pelota” pues “la paz sólo se consigue si hay conciliación”, como mandato al final del recorrido.
Esa paz se amasa en “las formas del sueño” devenidas de un poema de Paul Celan que abre el libro y que se recibe entramada en “las sombras del lenguaje”, una especie de “umbroso mundo” recordando la poética voz de un tal Jacobo Regen quien, junto a muchos otros, pueblan el “mundo posible” que la escritura propone. Porque son voces las que escucho y no sólo palabras inscriptas en la letra, oralidad milenaria que supera largamente los apenas “quinientos años de escritura escrita”. Es esa plurivocidad la que, atravesándolo todo, hace posible soñar la apetecida existencia de un mundo diferente al que habitamos, en el que quepan muchos mundos, como proclamara tantas veces el vocerío de los pueblos en este continente de los sures.
Son “todas las voces todas” que van más allá de los solo latinoamericanos en la sonora sonoridad de nuestra Negra Sosa, inigualable y plenipotenciaria embajadora cultural, ya que junto a esa voz escucho nombres y palabras diversamente modulados, devenidos de muchos rincones del globo-mundo.[2] Mundo posible arraigado en un territorio concreto con su historia, una historia en el territorio, construida con retazos fragmentarios de versiones que refractan lo que los documentos, según dicen, documentan.
Es el lugar en el que el cruce fronterizo de los mundos es localizado, en el recorte histórico/ político de un significativo cronotopo: la construcción del momento casi mítico que da cauce a la vía ferroviaria para los trenes del trayecto a Huaytiquina, con la figura legendarizada del “ingeniero yanqui-franco-kunza Ricardo Fontana Maury” y la hipotética presencia del Mariscal Tito participando en ello. El Mariscal que cambió “de Tito a Beto, o a Cacho, o a Pipo, Pancho, Pepe, Quito, Rolo, Lito, Quique, Nacho, Nico y etcéteras”, traslapamiento en un juego asumido por la transmisión oral en la voz trasladada a “la Olivetti panzona en manos de quien construye estas historias, el sujeto de ficción “Don Pantaleón Nicasio Mamaní Saavedra, hijo de madre y padre…”.
Ficción de ficciones, circulan en las cuatro epístolas que van queriendo armar la trama de un relato inexistente, en un lugar que existe y es, al mismo tiempo, imaginario, llego finalmente al encuentro de la quinta carta prometida en el inicio, para cerrar el juego serio que estuve recorriendo, no sin pedregullo en los zapatos, a veces sonriendo, a veces carcajeando, a veces frunciendo el entrecejo.
Al fin, este mundo de ficciones amasadas con la masa madre que corre en el cauce legendario, en el vocinglerío de las gentes, convergen en un solo cauce: el de la construcción poética de la ciudad imaginada, ahí donde espera el goce de una libertad hecha por todos, en una cierta forma de comunalidad haciéndose en la más absoluta frontería.
[1] Novela muy corta publicada en Jujuy por Cuadernos del Duende (2026) y puesta a disposición de los lectores en Salta hace pocos días.
[2] El abanico referencial que cruza todo el texto informa sobre una competencia lectora -los innúmeros nombres/ conceptos lo confirman- y más aún la de su propio cuño que dan cuenta de una experiencia intelectual muy rica. Experiencia que viene alimentando la literatura nuestra en todas sus variables desde su Pena por Manuel J. Castilla en 1982 con cadencia poética, para luego buscar el decir propio en todos los llamados “géneros” por la preceptiva culterana, dando cauce también a la canción.





