por Flavio Gerez*
Muchas veces habrán oído afirmar que la música de Tchaikovsky es indestructible. Es una afirmación que se hace con cariño, con afecto, sin el más mínimo atisbo de maldad. Todos alguna vez la hemos hecho. Pero también se hace con resignación y con alivio, porque la frase exonera de culpa una situación que, creo, es necesario observar. Esto es, si la partitura se sostiene por sí misma, para qué prepararla con la severidad que le exigiríamos a un Mahler, a un Brahms o a un Bach. Esa idea ha cobijado muchas veladas mediocres. Más de las que quisiéramos.
Sobre lo indestructible algo de cierto hay. Una melodía de Tchaikovsky, por su estructura, alcanza al oyente aunque la orquesta llegue justa en la afinación, el tempo sea antojadizo y los metales y la percusión se desboquen y vayan por libres.
Emociona al que jamás pisó una sala de conciertos y al que se ha estudiado cada compás de la partitura. Pocos compositores brindan una superficie tan resistente. Esto tiene una explicación técnica más o menos satisfactoria.
La robustez melódica, un salvavidas
La música de Tchaikovsky posee una gran robustez melódica, es decir, no depende de ornamentos delicados que requieran una precisión microscópica para ser comprendidos. Tchaikovsky compone líneas melódicas con perfiles de alturas muy claros y arquetípicos. Si el violín desafina levemente una nota, el cerebo del oyente aplica las leyes de continuidad de Gestalt y corrige el error porque el vector de la melodía es predecible y potente.
Además usa intervalos de alta consonancia, es decir, terceras, sextas y octavas. Combinaciones que son acústicamente muy estables incluso para una interpretación tosca. La orquestación es a prueba de fallos, ya que incluye salvaguardas tímbricos que doblan melodías y armonías. Si hay un tema importante Tchaikovsky rara vez lo confía a un solo instrumento, suele doblarlo en diferentes familias de instrumentos. Si las maderas entran a destiempo o las cuerdas fallan en la articulación, el oído promedio (el 99% de la sala) promedia la masa sonora y esa redundancia acústica garantiza que el mensaje principal llegue igualmente.
En términos dinámicos la música se compone en bloques sonoros masivos y definidos. Es música de alto contraste. El margen de error que tolera un bloque en forte es mucho mayor que en un impresionista como Ravel o Debussy.
Por otro lado el ritmo actúa como una columna vertebral que condiciona a todo el resto. Esto, en términos del oído y ritmo internos del oyente, es fundamental puesto que entra en resonancia con cada uno a pesar de la multiplicidad de oídos y corazones que puedan coexistir en una gran sala. ¿Cómo consigue esto? A través de una métrica explícita con ostinatos rítmicos en las secciones de acompañamiento. Algo muy importante a referir es un fenómeno conocido como la sincronización intuitiva a prueba de orquestas con una mala coordinación rítmica, en general con origen en el podio. Esta sincronización se produce por la regularidad y el impulso motor de la partitura que son tan evidentes que el cerebro del oyente promedio engancha el ritmo de forma macroscópica. El balance rítmico general sobrevive a las imprecisiones individuales.
En términos armónicos la estructura de sus obras no se basa en modulaciones complejas sino en la acumulación de energía a gran escala. Tchaikovsky es famoso por mantener una nota de tensión (la dominante) en los bajos durante varios compases antes de resolver al acorde principal. Es decir, aunque la ejecución orquestal sea descuidada, la acumulación y posterior liberación de esa energía armónica produce una catarsis inevitable en el sistema límbico del oyente.
Es decir, es música construida desde los cimientos de la física acústica y la psicología de la percepción que blinda la idea musical sobre las imperfecciones humanas de la ejecución.
Pero esa resistencia al fallo es solo la superficie.
Sobrevive a una mala interpretación el efecto. Sobrevive la melancolía del oboe, el vals que se canturrea, esa tristeza vasta que todos identificamos. Lo que se pierde es más profundo, y lamentablemente casi nadie lo nota. Esto es, la construcción que lo sustenta, cómo un pedal armónico prepara una entrada, cuánto gravita un silencio, cómo es el equilibrio entre cuerdas y maderas que Tchaikovsky calculaba con el oficio del orquestador magistral que era. La impresión es indeleble. La música, no tanto.

De cómo el ballet no agradó
El ballet «El Lago de los Cisnes» es la mejor refutación de su propia fama. Se estrenó en el Bolshoi de Moscú en 1877, con coreografía de Julius Reisinger, y no agradó. La puesta se consideró convencional y la obra quedó opaca. Tchaikovsky falleció en 1893 sin verla triunfar. En 1895, en San Petersburgo, Petipa e Ivanov la volvieron a montar y Riccardo Drigo revisó la partitura. Esa versión, y no la de 1877, sirve de base a la mayoría de las puestas actuales. La obra que llamamos indestructible estuvo a punto de extraviarse, la salvó un equipo nuevo y nos llegó con la mano de otro músico en sus páginas. Eso se asemeja menos a la invulnerabilidad que a una convalecencia afortunada.
El ballet, además, impone condiciones que el concierto convencional desconoce. El director desde el podio responde a dos amos, la orquesta y el cuerpo de baile en el escenario. Los tempi se pactan, las frases extensas, que en Tchaikovsky requieren espacio, se acortan para que alguien llegue a tiempo a su salto, y a veces se suprimen números completos. Cuando el acuerdo funciona, el gesto del bailarín y el aliento de la orquesta conforman un conjunto de observables que conmutan y se explican entre sí. Cuando falla, la orquesta se transforma en un metrónomo. El sistema límbico de un porcentaje considerable mirará con asombro aún cuando continúe entretenido con la belleza de la puesta y del cuerpo de baile.
El mito del compositor empalagoso
Pero aún existe un perjuicio más sutil. De tanto escucharlo mal interpretado, hemos atribuido a Tchaikovsky los defectos de sus intérpretes. La reputación de compositor empalagoso proviene en buena medida de una tradición que alarga los tempi, remarca cada gesto y solloza donde la partitura apenas insinúa. Cuando una lectura respeta las proporciones y deja respirar la frase sin forzarla, surge un Tchaikovsky más austero, más rítmico y asombrosamente duro. Cuesta hallarlo porque requiere un director dispuesto a no hacer lo que el público espera. Difícil labor, porque ya ha tenido que pactar mucho, con muchos, antes de la première.
La popularidad como puerta a la negligencia
Mi experiencia me indica que las interpretaciones realmente logradas de la música de Tchaikovsky son una minoría escasa. No lo digo con desprecio o desdén. Lo digo porque la popularidad genera negligencia. Lo que todos creen conocer se analiza poco, y lo que se analiza poco se ensaya menos.
Si la partitura resiste tanto, el mérito es suyo. A los intérpretes les toca la tarea de no abusar del sistema límbico del oyente ni de su paciencia. El estreno del 9 de octubre en el Teatro Provincial, con el Ballet Provincial y la Orquesta Sinfónica de Salta, es una buena oportunidad para comprobar de qué lado de esa diferencia cae la noche.

*Doctor en Física y músico, miembro de la Asociación de Críticos Musicales de la Argentina
