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viernes, mayo 1, 2026

Humanidad, en todos los sentidos

La Orquesta Sinfónica de Salta, dirigida por Jorge Mario Uribe, ofreció un programa sólido con el estreno de "Humanidad" de Mauricio Charbonnier y la presencia estelar de la violinista Édua Zádory.


Antes de sonar la primera nota del concierto del viernes 17 de abril pasado de la Orquesta Sinfónica de Salta, el Teatro Provincial fue escenario de una ceremonia breve pero cargada de ironía, muy probablemente involuntaria. La Cámara de Diputados y el Senado de la Provincia entregaron sendas declaraciones de interés legislativo en reconocimiento de los veinticinco años de la orquesta. Aplausos. Fotografías. Muchas fotografías.

El Poder Legislativo celebrando lo que el Poder Ejecutivo, del que depende la orquesta, parece contemplar con indiferencia calculada en lo que a reclamos salariales de los músicos respecta. Uno se pregunta si los legisladores, al entregar sus diplomas, habrán reparado en el ánimo de los músicos o en el mantenimiento de los instrumentos que esa noche debían sonar.

Que sonaron, y con dignidad, es ya un dato que merece ser leído en su contexto real.

Prokófiev y la aparente ligereza

La velada abrió con la Sinfonía N.º 1 en Re mayor, Op. 25 de Serguéi Prokófiev (1891-1953) la célebre «Clásica», obra que Prokófiev imaginó como el ejercicio de un Haydn que hubiera sobrevivido al siglo XX. Su aparente ligereza es una trampa. Exige de cada sección una precisión quirúrgica, una agilidad de arco y una coordinación rítmica que no admiten imprecisiones. El maestro Jorge Mario Uribe, director titular de la orquesta, condujo con soltura suficiente para que los tempi resultaran en general apropiados.

Sin embargo, algunas entradas acusaron una indeterminación que la partitura no contempla, y la energía propia de la obra, ese nervio propio del compositor que no descansa, pareció a ratos convocada desde los atriles más que generada desde el podio. La orquesta respondió con oficio. El resultado fue correcto, aunque yo quedé con la sensación de que había algo más en esa partitura que esa noche no terminó de liberarse.

«Humanidad», estreno de una voz propia

El centro de la velada fue la primera audición en Salta del Concierto para violín y orquesta “Humanidad” de Mauricio Charbonnier (1979), obra compuesta en 2023 y ya incorporada por seis grandes agrupaciones en todo el país desde su estreno. Hecho poco frecuente para música de compositores argentinos vivientes. El compositor estaba presente en la sala, lo que añadió a la ejecución una dimensión casi ritual. El creador contemplando su criatura en un nuevo ámbito.

“Humanidad” se inscribe en una estética neorromántica de lenguaje propio, sin imitación servil ni ruptura forzada.

Sus tres movimientos, Moderato drammatico, Adagietto affettuoso, Prestissimo con fuoco, están articulados por un principio cíclico que no es un simple procedimiento técnico sino el esqueleto mismo de la idea.

El material del primer movimiento regresa transformado, sometido a aumentación en el final, como si la experiencia humana, que es el asunto de la obra, necesitara el tiempo para revelar lo que ya estaba desde el principio. El violín encarna aquí una figura de peregrino, no un exhibicionismo virtuosístico sino una voz que narra con una crudeza conmovedora.

La solista Édua Zádory, a quien la obra está dedicada, ofreció una lectura de claridad articulatoria notable y proyección sonora que no cedió ante la densidad orquestal. Algo ocurre cuando un solista de esa talla se instala en el centro de una orquesta. Ya me referí a esto en una reseña pasada. La neurociencia lo está documentando con creciente detalle, pero cualquier oyente atento lo percibe sin necesidad de vocabulario técnico.

La orquesta tocó distinto. No mejor por decreto, sino más alineada, más presente, como si el hilo del radiante violín de Zadory tirara de cada atril hacia un lugar común. El maestro Uribe tuvo la tendencia de privilegiar la masa sonora sobre el detalle solista, pero la escritura de Charbonnier y la solvencia y presencia de Zádory se impusieron con naturalidad.

Diálogo de tradiciones y cierre lisztiano

Como bis, Zádory ofreció “Cardón” de Hernán Quintela (1978), con cinturones de pezuñas en los tobillos y un zapateo que dialogó con el pizzicato en una síntesis de tradición europea y ritmos del noroeste que se resolvió con singular autenticidad, lejos del esperado folklorismo decorativo. La ovación fue sostenida y merecida.

Cerró el programa Les Préludes S.97 de Franz Liszt (1811-1886), uno de los poemas sinfónicos más conocidos del repertorio y, precisamente por eso, uno de los más difíciles de abordar sin caer en lo previsible. Liszt no describe sino que evoca. Toda la arquitectura de la obra descansa en la transformación de un motivo de tres notas que atraviesa el amor, la tormenta, el idilio bucólico y la marcha heroica final. Requiere del director una visión narrativa clara y la capacidad de sostener la tensión a través de transiciones que en manos torpes se vuelven costuras visibles. La ejecución no fue incorrecta ni deparó ningún exabrupto. La orquesta sonó con buen oficio colectivo. Pero quedaron abiertos ciertos interrogantes sobre la comprensión profunda desde el podio de la arquitectura que plantea Liszt en esta obra. Si la obra tiene la unidad interna que el compositor le concibió, o si simplemente sucedió con corrección suficiente.

El público, en todo caso, respondió con el fervor de siempre; aunque esta vez no estaba Oscar Humacata dándole sentido y contexto espiritual al concierto, volvió a ocurrir el milagro y el público entendió lo que oyó y, por lo tanto, la música cumplió su promesa primaria: transmitir el mensaje.


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