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miércoles, noviembre 4, 2026

Memoriales

Notas en torno al encuentro entre poemas y canciones en la presentación de "Memorias del Instante", de María Belén Alemán: la póiesis, refugio del instante, acto de memoria y resistencia.


Mientras mi cuerpo todo se conmueve acosado por palabras nuevas que dicen cosas viejas y melodías viejas que dicen nuevas cosas, la frase sentenciosa de la guatemalteca en re-existencia, se repite en mis adentros, sentipensado que este instante de intenso goce en lo poiético no apaga la indignación -y aún la rabia- que me sacude en cada instante de cada día en este presente genocida, porque todo eso se acontece en simultáneo, también en este cuerpo de poesía/s que dice y que me dice en experiencias compartidas.

Todo esto escucho en los poemas reunidos en Memorias del Instante con los que Belén Alemán[1] vuelve a seducirnos en eco con los acordes melodiosos que modula la voz –también muchas veces escuchada- de Silvana Irigoyen, la cantante en mi lugar que tampoco deja morir lo que suena –y viene de lejos sonando- en las guitarras de este suelo.

La póiesis de memorar el instante

Todo esto en medio del silencio casi sacro de una audiencia numerosa que sigue los ritmos de los versos y los tonos de ese canto en complacencia. A medida que las voces avanzan con sus distintos tonos, se me van insinuando unas preguntas: ¿es posible memorar el instante en su fugacidad, en su premura? Y reflexiono; tal vez sea la póiesis, en su función creativa, el lugar, la forma, el espacio donde se sostienen raigalmente las pequeñas cosas que nos acontecen cada día, haciendo resistencia ante el olvido de lo que este poco de humanidad padece.

Sentipienso en todo esto y me inquieta positivamente darme cuenta de que lo que acá acontece, en este mismo instante, se vuelve memoria por la letra firmemente aferrada a los ojos desde las páginas de un libro, libro que cobra vida con la amorosa experticia de Rosana Caramela, su editora, por las canciones que escuchamos dialogando y que se nos ofrecen en un escenario armado por otras tres mujeres que, así, lo socializan.

Y, otra vez, otras preguntas: ¿es entonces, así como lo viven nuestras comunidades, esas que están después del exterminio?; pues son aquí también éstas, todas, las mujeres preservando la especie con los nacidos de sus vientres y también de sus relatos, en la sonoridad de sus canciones, de sus versos. ¿Son acá estas mujeres las llamadas a decir que el instante de sus vidas es el de la misma humanidad, el de esta tribu atribulada por nuevos exterminios, por nuevas invasiones?

De la inocencia al dolor de Gaza

Porque, mientras las voces me desplazan de la inocencia en los instantes simples de la infancia detenida “en el vuelo de un picaflor/ en las alas de una mariposa” (dice el libro) o en “una hoja en la rama” (dice la canción)[2], se suceden los tiempos y los días y se aprende que sólo la madre “limpia las penas”, que como mujer las llora, porque es esa que lleva “un corazón despeinado”, esa que es un cuerpo habitado de relatos, “de mientras tanto/ de después/ de cuando en cuando”…, que se “dona un abrazo” porque también aprendió a celebrarse.

Es esa misma voz de mujer que llora por las niñas de la distante Gaza, por una tierra que hoy es más densa “con el peso de tantos que aun ya muertos/ siguen muriendo”, a los que responde el canto, porque “la sangre entera del mundo en mi cuerpo cabe”. Son las mismas muchísimas voces que claman “por un cielo sin sangre/ una tierra sin dientes ni estallidos/ un amanecer de peces/ y la frescura del rocío/ entre lapachos amarillos”, en pura pulsión esperanzada.

Porque el poema, la canción, se yerguen aquí, en este mismo instante, en un presente que será memoria; poema y canción son aquí y ahora lenguaje que potencia la mirada sobre el mundo que habitamos con todas sus bajezas y también con sus bondades. Poema y canción se entraman aquí, en este instante, para tender un puente generoso entre quien pronuncia y quien escucha las palabras, los sonidos, conformando sentidos que se nos vuelven propios, nos hermanan.                        

En estado dialogante

La póiesis nacida de este instante presentifica una precisa resistencia a las imposiciones de un presente infausto, nombrándolo, con la vitalidad de una palabra que fusiona acá, en estado dialogante y por decisión de estas mujeres, dos formas del decir del pueblo; cantada y recitada como fuera en los comienzos, fijada en libro o echada al viento, diciéndonos, porque hay unas bocas que dicen y unas orejas que escuchan. Sí, intuyo que diciéndonos porque me dicen –y lo veo en otros rostros- en ese estar ya en el tiempo de todos, el tiempo de las despedidas de aquellos que nutrieron nuestros días en la proximidad de los afectos y de los que nunca conocimos, pero sabemos que estuvieron.

Los seres que se van –sin saber adónde- porque también se van las palabras, las miradas, lo común de cada día… “los pequeños terribles encantos/ que tiene el hogar”. ¿A dónde van las angustias y toda la sangre derramada?

Y yo me voy yendo de este instante de encuentro en las pupilas, en los oídos, en todo este cuerpo viejo y atribulado, re-existiendo en la utopía de sentir que ese dónde está en la memoria hecha de instantes macerados en el abierto espacio de una póiesis que es, sobradamente, el lugar de un vivir a ”corazón abierto”, recuperando siempre mi alegría, sin perder mi indignación.

Salta, agosto de 2026


[1] En la muy cuidada edición a la que nos acostumbra la Biblioteca de Textos Universitarios, 2026.

[2] Los fragmentos de canciones fueron tomados por Silvana de “Árbol” (Duratierra), “Llora las penas (Tonelec), “Lo innombrable” (Marta Gómez) y“Adónde van” (Silvio Rodríguez).

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