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jueves, noviembre 5, 2026

Viajes, tranvías y vanguardia, el universo creativo de Oliverio Girondo

A 135 años de su nacimiento, el autor de "Veinte poemas para ser leídos en el tranvía" continúa convocando al asombro desde la poesía.

Oliverio Girondo es sin dudas y con ellas un poeta que invita a ingresar en la literatura desde cualquier frente. Lectura ideal para un adolescente, también lo es para quien adscribe a otras generaciones. O quizá, descubierto en la adolescencia, acompaña cuando ya varios asombros han sido olvidados en el transcurso de los años.

Fue de esas personas que deciden sencillamente que las normas no son para ellas. Abogado de título y poeta de alma, convirtió la literatura argentina en un laboratorio de ideas frescas, imprevistas y profundamente sensoriales.

Nacido el 17 de agosto de 1891 en Buenos Aires, creció en el seno de una familia acomodada como el menor de cinco hermanos. Sus viajes constantes a Europa desde muy joven le abrieron la puerta a un mundo en plena ebullición. Nacía el siglo, y en él llegarían experiencias estéticas y creativas dando cuenta -precisamente- de ese convulsionado mundo.

Aunque siguió el mandato familiar estudiando Derecho, y recibiéndose, pronto quedó claro que su verdadera vocación no estaba entre expedientes ni tribunales, sino en la creación poética y las vanguardias, en todos los sentidos.

El viaje como motor creativo

A lo largo de las décadas de 1910 y 1920, Girondo absorbió el espíritu del simbolismo, el surrealismo e incluso la huella del modernismo de Rubén Darío.

Ese equipaje cultural lo volcó en proyectos colectivos como la revista Comœdia (la fundó junto a René Zapata Quesada y a Raúl Monsegur), la icónica editorial Proa (fundada con Ricardo Güiraldes y Evar Méndez) y, más adelante en 1939, la histórica Editorial Sudamericana, impulsada junto a Victoria Ocampo, Antonio Santamarina, Eduardo J. Bullrich, Alejandro Shaw, Jacobo Saslavsky y otras figuras destacadas.

Debut poético y cambio de reglas de juego

Veinte poemas para ser leídos en un tranvía (1922). Escrito durante sus periplos por Europa, el norte de África y Brasil, e ilustrado por él mismo, este libro —junto con Fervor de Buenos Aires (1923) de Jorge Luis Borges— inauguró la vanguardia literaria en la Argentina. Eran estampas urbanas, imágenes sensoriales y personajes cotidianos capturados con la velocidad y el ritmo de la vida moderna.

Calcomanías (1923) y Espantapájaros (1932) se inscriben en una búsqueda constante de nuevas perspectivas en el decir rupturista de la realidad.

Espantapájaros deslumbró por su carácter heterogéneo, incluyendo caligramas y textos en prosa que desafiaban cualquier molde estético.

Interlunio (1937) es su única obra de ficción en prosa. Editada por Sur, fue acompañada por once aguafuertes de Eneas Spilimbergo. Ese mismo año publica Plenilunio.

Amor, experimentación y legado

En el terreno personal, compartió la vida con la también escritora Norah Lange. Tras diecisiete años de conocerse, se casaron en 1943, formando una de las parejas más magnéticas y creativas de la escena cultural porteña.

En los años siguientes llegaron obras como Persuasión de los días (1942), Campo nuestro (1946) y su célebre libro En la masmédula (1953/1956).

En este último, Girondo llevó la experimentación al límite, desarticulando el lenguaje convencional para inventar ritmos y expresiones que exploraban nuevas dimensiones existenciales. Se presentó en dos ediciones: una en 1953 y otra extendida con nuevos poemas en 1956.

Tres años más tarde, publicó con el escritor Enrique Molina una traducción de Una temporada en el infierno, de Arthur Rimbaud. Aquí, una selección de su obra: Oliverio Girondo – Material de Lectura, UNAM

Un grave accidente automovilístico en 1961 redujo seriamente su movilidad durante sus últimos años, hasta su fallecimiento el 24 de enero de 1967. Sus restos descansan en el Cementerio de la Recoleta; su obra permanece como una invitación constante a mirar el mundo sin solemnidad, con ingenio y con la audacia de quien se atreve a ingresar en el asombro.

«Llorar a lágrima viva», por Darío Grandinetti en «El lado oscuro del corazón» (1992), de Eliseo Subiela.

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