El título de esta nota es el título de un libro. Y remite al tiempo que fue, y su memoria/ peso en el presente. Un corte.
En tiempo de pandemia, ese libro de relatos, obtuvo un premio en los Concursos literarios de la provincia en la categoría Cuento. Y quedó allí. En una edición imprecisa y algo descuidada. El azul de la tapa era bonito.
Caracola Ediciones, editorial artesanal, lo está armando para quien quiera leerlo.
Por ahora, La Río Va publicará algunas de las historias que se cifraban en ese «Lo que…», construcción extraña, un modo particular de querer asir algo inasible.
Una confidencia. Muchos de esos textos fueron escritos en la urgencia de comunicar -de algún modo- el terror diseminado por las dictaduras en este lugar del mundo el siglo pasado. Las memorias y fragmentos que dejaron en muchos esa experiencia que hoy se vanaliza desde el Estado, en aras de normalizar las violencias que iniciaron los golpes y que se sedimentan en un sistema oprobioso, que sigue condenando a millones a la miseria planificada.
La noche
Luz, aquí. El más chico no tiene más de 5 años, su hermano debe andar por los 7. Comparten un pancho en la avenida San Martín sentaditos en un zócalo, en la parada, esperan un ómnibus, no importa cuál. Importa que el más chiquito está embelesado con la mitad del pancho que tiene entre las manos. Para un coche, bajan algunas personas, el más grande pega un brinco y un grito y se trepa por la puerta trasera. El enano no se da cuenta, levanta la cabeza y ve al hermano que lo llama desde el colectivo, se para aferrado al pancho, se pisa la botamanga del pantalón enorme que lo abriga y tropieza, el coche cierra la puerta y arranca. Se le llenan los ojos de lágrimas, pero no llora, tiene la boca llena y los cachetes colorados y solo el pan en la mano: la salchicha ha volado a la calle y la aplastan los autos. El colectivero para a unos metros y abre la puerta, baja el chango de 7, está enojado. Pelotudo, le grita al enano de 5, que recién larga el llanto. El grande se da cuenta de que está metiendo la pata. Y sigue puteando por lo bajo, mientras lo ayuda a levantarse y le limpia las rodillas. Se sientan de nuevo, uno al lado del otro. No seás maricón, le dice. Ya va a venir otro, no llorés, pué. El de 5 entre sollozos come el pan que le queda del pancho, los ojos brillantes. El grande le acomoda el pelo. ¿Querés que compremos otro?, le propone. El enano se seca los mocos con la manga del buzo. E ilumina con una sonrisa la noche.

