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viernes, junio 5, 2026

Los dueños y los dueños, en el pulso del Chaco: notas a propósito de “Las manos”

Esta lectura intenta dialogar con el cuento que comenta, y con las historias que en él respiran.

El fragmento anterior condensa en algo «Las manos» (aquí), relato polifónico que se adentra en la realidad profunda del norte argentino (marcado por la geografía del Chaco salteño). A través de fragmentos -dieciséis breves pasajes-, el texto teje una red en la que el desamparo social, la violencia institucional y la resistencia comunitaria se entrelazan con la ternura de la infancia y la cosmovisión de los wichí.

El desamparo

El relato se sostiene sobre un contraste dramático, permanente.

Por un lado, habita la voz del confinamiento y la urgencia: un hombre sin trabajo que espera, oculto en su pieza, tras una puerta sin picaporte, que el dueño del conventillo donde vive con su familia se marche; un pueblo sitiado por la Gendarmería tras el despeje de un corte de ruta que se ha cobrado vidas.

Por el otro, emerge la frescura del recuerdo y la canchita: los changos jugando al fútbol, el Quitupí en su bicicleta, el Atlético y la pelota que se va flotando por el canal. La voz del Chicho que crece entre sus amigos e impone respeto.

El cruce de mundos

“Las manos” solapa temporalidades y perspectivas. La crónica social: el dolor de la pérdida colectiva encarnada en Chicho, el marcador central de dieciséis años asesinado en el desalojo de la ruta.

Culturas otras. A través de Juan, el arquero «mataco», y la historia de la Fabiana en el hospital, el relato incorpora experiencias wichí, e intenta textualizarlas. La noción de que el río, la arena y los sueños tienen una entidad viva funciona como un norte/ refugio frente al avance de «los dueños» y sus balas de verdad.

«Las manos» es un palimpsesto en el que el presente de los gases lacrimógenos y la llovizna sobre las chapas se confunde con el pasado extraviado en el tiempo de la escuela y la búsqueda de miel en el monte de los chicos mezclados, Juan y Chicho, entre ellos.

El título del relato se desprende de detalles: las manos que se apoyan contra la chapa en el temor al desalojo; las manos entrelazadas debajo de las cabezas de los changos/ chiretes en el pasto (casi inexistente, imaginado) para mejor mirar las nubes, mientras escuchan lo que Juan cuenta. O aquellas que limpian con cuidado los dedos largos de la Fabi en su lecho de muerte, en una sala de hospital.

Y el comprender que el poder deja a un pueblo en/ “a la miseria”, y que la dignidad y la vida están en el relato compartido -las memorias de la cancha, las historias en torno al fuego en la olla del corte, diciendo- y en las voces que salen del monte y del río.

La nota

Hay una nota en el relato. Es necesaria aunque abra una puerta. “Él dice (Juan) que las cosas son de los dueños y no de los hombres, y también dice que los sueños son de verdad porque tienen un tiempo y nos ocurren. Y si tienen tiempo y nos ocurren es porque pasan y son. Cuenta que el algarrobo, el cebil, la chuña, los pájaros son personas como nosotros”, dice una de las voces. A ese “dueños” se lo aclara al final.

Pasa que hay dueños y dueños en el relato, el de las piezas y el de las balas y vidas –el propietario que alquila y el Estado, que pueden desalojar-. Y los dueños (guardianes) del monte, según las memorias de los wichí.

Dos formas de ver el mundo, de estar en el mundo.

El relato podría llamarse “Chaco”, por situarse en ese espacio/ tiempo poblado por comunidades aborígenes y criollas… Y conflictos por las tierras y malas condiciones laborales y protesta social… Se llama «Las manos», quizá porque ellas habitan el hacer, y lo que ha sido y será.

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